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La complejidad de pensar en la reactivación

El país lleva inmerso varios años en una discusión que parece no tener ni un rumbo claro, ni claridad en cuanto al propio concepto que se discute: la reactivación económica. Inmersos en un contexto adverso, pues en los 10 años que culminaron en el año 2020 se cerró con el crecimiento promedio más bajo de las últimas 3 décadas, no hemos podido hilvanar una estrategia para lograr tener un crecimiento mayor de forma sostenida, quizás porque precisamente no estamos pensando en una estrategia y, como sociedad, hemos caído en el error de pensar que esto puede suceder con acciones dispersas. Pues no, acciones dispersas no van a funcionar y mucho menos si partimos de un concepto sin definición clara.

La CEPAL definió, al menos para América Latina, la década posterior a la crisis del 2009 como una nueva década perdida, que se caracterizó por un crecimiento bajo, bajos precios de commodities, un desempleo mayor, problemas fiscales recurrentes y una desigualdad que no logra reducirse. Todo esto antes que la pandemia del Covid19 nos agarrara con la guardia baja y potenciara todos esos problemas. Costa Rica no fue la excepción a ese diagnóstico regional, pues no hemos podido reducir el desempleo que creció con la anterior crisis, nuestro crecimiento en ese periodo no alcanzó niveles importantes (en promedio fue un 2,7% anual), lo que contribuyó a que la situación fiscal se complicase conforme pasó el tiempo y no logramos desarrollar nuevas dinámicas económicas para impulsar el crecimiento.

En la actualidad, luego de una década complicada y de dos años de pandemia, seguimos sin un crecimiento claro, con un desempleo alto y una situación fiscal que aún mantiene la atención pues en la evolución de la deuda pública y el pago de intereses. En el 2021 cerramos con el pago de intereses con respecto al PIB más alto de la historia económica reciente del país, lo que explica esencialmente el déficit en las cuentas del gobierno central y que evita que la deuda se reduzca en relación a la producción. Aun en presencia de un superávit primario, la tasa implícita de la deuda es elevado, incluso en términos reales y con un crecimiento tan bajo, la posibilidad de contar con un mejor dato de endeudamiento en los próximos años se reduce.

El desempleo, por otro lado, ya no es solo un problema que requiere atención con medidas que impulsen el crecimiento, sino que ese crecimiento debe cumplir con ciertas premisas: debe estar regionalmente bien distribuido, pues el desempleo es mayor en las costas y en otras zonas fuera de la GAM; debe estar enfocado en la creación de empleo para personas jóvenes, debe crear empleo no calificado en el corto plazo y debe estar centrado en la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo. Esto último es quizás de las mayores tareas pendientes como sociedad, elevar la tasa de participación de las mujeres en el mercado de trabajo, cuya brecha con la tasa de participación de los hombres es bastante importante.

La reactivación, por otro lado, no se podrá hacer con los mismos instrumentos que antes, no podremos esperar obtener resultados distintos, haciendo lo mismo, en un entorno muy cambiante. Tenemos más de 30 años de atraer inversión extranjera directa, con los mismos instrumentos fiscales que antes, que además estaban diseñados para compensar en la ganancia de las empresas los problemas que se toparían al realizar la inversión en nuestro país. En un mundo con la movilidad de capital que existe hoy, nuestros incentivos están centrados en promover que las empresas domicilien en Costa Rica sus ganancias, pero no necesariamente en promover que traigan aquí los puestos de trabajo que tienen en otras partes.

Nuestro esquema de incentivos a la inversión es muy oneroso, quizás uno de los más agresivos de la región, pero no estamos creciendo más que el resto, ni atrayendo más inversión en términos relativos. ¿Por qué no nos hemos cuestionado esto para revisar lo que estamos haciendo? ¿Por qué seguimos otorgándole beneficios financieros al régimen de zonas francas, sin estar seguros de que van a funcionar, particularmente en cuanto a crecimiento y creación de empleo? Más inversión extranjera no significa más valor agregado nacional y más empleo, si los incentivos no están enfocados en eso. En los tiempos actuales, el crecimiento no siempre está asociado a más empleo, la vinculación entre crecimiento y creación de empleo se ha debilitado.

Luego del impulso al turismo desde los años ochenta, la diversificación de las exportaciones en esa misma década y el empuje al régimen de zonas francas en los noventas, el país no ha tenido otro sector dinamizador del crecimiento. Ocupamos pensar en algo que tenga esa capacidad dinamizadora, de creación de empleo, regionalmente distribuido y con impacto en grupos específicos. Los recursos públicos para incentivar inversión deberían empezar a dirigirse a actividades novedosas, de alto valor agregado local. Los bionegocios, la economía circular, el desarrollo de fuentes alternativas de energía, el impulso a la descarbonización y el reconocimiento de los servicios ecosistémicos, entre otros, podría ser la apuesta para engancharnos en un nuevo sector dinamizador.

Finalmente, una política fiscal contractiva aplicada de forma continua por un largo tiempo, no solo es contraria al objetivo de largo plazo de reactivar nuestra economía, sino que puede hacernos más vulnerables ante problemas futuros, como la automatización de los trabajos y el cambio climático. Invertir en conocimiento, en una educación innovadora, en infraestructura resiliente y en la restauración de la biodiversidad, pueden ser apoyos importantes en el proceso de desarrollo futuro, pensando en el papel del Estado.

  

M.Sc. Fernando Rodríguez Garro, Observatorio Económico y Social, UNA.

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