Una buena vejez se construye desde la niñez

La calidad de vida a lo largo del proceso de envejecimiento y, en particular, en la etapa de la vejez, depende en gran medida de la inversión que se haya hecho en edades tempranas: en la niñez y la adolescencia, asegura la gerontóloga Idalia Alpízar, profesora del curso “Jubilación: un asunto de jóvenes” del Centro de Estudios Generales de la Universidad Nacional (UNA).

Esto implica –dice- acercarse al concepto de envejecimiento desde la noción de ciclo vital; es decir, cómo una etapa incide sobre la otra.

Desde esta perspectiva, la especialista alerta sobre la necesidad de atender en el país, de manera urgente, el envejecimiento poblacional, sobre todo tomando en cuenta que a la mayor parte de la nueva generación de personas adultas mayores probablemente les corresponderá trabajar hasta edades muy avanzadas.

“Los cambios demográficos que se avecinan hacen indispensable tomar decisiones en materia de niñez y adolescencia para evitar el colapso de una sociedad envejecida”, advierte Alpízar, quien es cofundadora del Programa de Atención Integral de la Persona Adulta Mayor (Paipam) y, además, representante del Centro en la Comisión Institucional para la Política de Niñez y Adolescencia de la UNA.

Y es que, según proyecciones del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) hacia el 2050 se estima una tasa de crecimiento promedio del 200% en la población con edades entre los 65 y 89 años en el país.

El reto, que amerita la toma de decisiones urgente, es que –de acuerdo con un informe de la Caja Costarricense de Seguro Social de 2018-, solo dos de cada diez adultos mayores son saludables. El estudio muestra una prevalencia de distintas enfermedades crónicas en edades avanzadas; no obstante, estas empiezan a manifestarse en edades más tempranas.

Esto se traduce en un uso frecuente y constante de los servicios médicos por parte de las personas adultas mayores. Se esperaría, entonces, que conforme aumente la población adulta mayor del país, también se incremente la demanda de atención especializada en salud, con las implicaciones que esto tiene para el sistema de seguridad social y para la población económicamente activa.

Vejez no es sinónimo de enfermedad

“La manifestación de enfermedades no necesariamente es por razón de edad, sino que depende de otros factores, entre ellos las condiciones que haya vivido la persona sobre todo en los primeros años de vida”, resalta la gerontóloga del Centro de Estudios Generales.

De acuerdo al principio epigenético –explica Alpízar- cada etapa de la vida depende de la anterior, de manera que las influencias ambientales pueden tener gran incidencia, sin subestimar las genéticas.

La especialista resalta, por ejemplo que, según la epigenista Aracelly Castillo, de la Universidad de Málaga, España, los contaminantes, la alimentación, así como las muestras de afecto u hostilidad en la que se desenvuelva la persona menor de edad influye en su desarrollo en las siguientes etapas de la vida.  Incluso, señala que las condiciones donde nace y crece la persona, influye en que el organismo tenga mayor o menor capacidad de enfrentar las amenazas y agentes estresantes, y en consecuencia, también de ser más o menos propensa a enfermedades.

El informe mundial de UNICEF, publicado en 2017 con el título “La primera infancia importa para cada niño”, también apunta a la necesidad de cuidar a la persona desde el comienzo de la vida para garantizar un envejecimiento más saludable.

“La violencia, el maltrato, el abandono y las experiencias traumáticas en edades tempranas generan altos niveles de cortisol, una hormona que produce estrés tóxico, el cual limita la conectividad neuronal en los cerebros en desarrollo y potencian el desarrollo de enfermedades que se manifiestan en edades avanzadas como lo son los síndromes geriátricos”, establece el informe. 

“La evidencia científica indica que los factores de riesgo de enfermedades crónicas, por ejemplo,  se establecen por lo general durante la infancia y la adolescencia,  de ahí el deber que tenemos como ciudadanos de impulsar proyectos que busquen proteger las condiciones en las cuales nacen, crecen y se desenvuelven estas poblaciones”, subraya Alpízar.

La inversión en un segmento tan vulnerable como la ñinez y adolescencia puede ser una buena forma de hacer del envejecimiento poblacional una oportunidad y no una amenaza.  Para ello –insiste- se requiere de una acción mancomunada de diversos sectores: gobierno, organizaciones, familias, comunidades e instituciones de educación superior, entre otras.

La UNA, consciente de su rol en este campo, ha elaborado una Política Institucional de la Niñez y la Adolescencia, que articula esfuerzos en beneficio de la población menor de edad, la cual está en proceso de aprobación en el Consejo Universitario.

Foto con fines ilustrativos. (Pixabay)

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