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Por la mejora genética en rumiantes menores

 

La académica Isabel Camacho, coordinadora del Programa de Rumiantes Menores de la Escuela de Ciencias Agrarias, desde 1987, afirma que mientras hace dos décadas el objetivo era optimizar las condiciones sanitarias y nutricionales de la producción; hoy el reto es mejorar su genética, ante la creciente demanda del mercado.



 

En 1987, dos años después de haber ingresado a trabajar a la Universidad Nacional (UNA), la académica Isabel Camacho tomó bajo sus riendas el proyecto sobre manejo de caprinos,  que tuvo a cargo el académico jubilado Edwin Ávalos, desde principios de los 80.   

 

El primer objetivo de Camacho fue la  producción y capacitación  caprina a productores heredianos, con el financiamiento de la Fundación para el Fomento y Promoción de la Investigación y Transferencia de Tecnología Agropecuaria (Fittacori).

 

“Con este primer proyecto nos dimos cuenta que los productores necesitaban mucha capacitación a nivel sanitario, nutricional y reproductivo; podríamos decir que solo el uno por ciento de los productores nacionales pasteurizaba la leche en ese momento. Con los fondos obtenidos compramos una máquina para pasteurizar  y se apoyó la conformación de una cooperativa de productores de Heredia llamada (Aprocahe), cuyos  asociados fueron capacitados en diferentes áreas de la producción caprina y pasteurización artesanal”, dijo la académica.

 

Fue ahí donde también se vio la necesidad de crear un valor agregado al producto, y desde el proyecto, que se realiza en la Finca Experimental Santa Lucía de la UNA, se promovieron capacitaciones para producir queso y posteriormente yogurt.

 

“Todo lo que nosotros íbamos aprendiendo se lo dábamos a los productores, ya no solo de Heredia sino del país, inclusive hicimos convenios con el Instituto Nacional de Aprendizaje para el desarrollo de cursos. El siguiente paso se centró en la comercialización de estos productos”, cuenta Camacho.

 

Crecimiento

 

Ya para la década del 2000 los productos caprinos y ovinos se ganaron un espacio en la mesa del costarricense , y la producción pasó a convertirse para muchos en una actividad económica primaria.

 

“Es muy común que quien tiene cabras tenga ovejas, y se desarrolla además en muchísimos casos como una actividad familiar. Muchos de los productores que capacitamos al inicio del proyecto, hoy convertido en programa, ya tienen sus pequeñas empresas, y comercializan sus productos en supermercados, incluso en cruceros como una delicatessen”, comentó Camacho.

 

La UNA también se incorporaba al mercado al crear, en el 2013, la marca Finca Santa Lucía con la que comercializa en la actualidad leche, queso y yogurt en distintos sabores; próximamente  trabajarán con queso maduro.

 

También contribuyó a este auge el Ministerio de Agricultura y Ganadería al crear un Programa de Investigación y Transferencia de Tecnología Agropecuaria (Pitta) para cabras, que posteriormente se denominó Pitta-Ruminates menores y que según Camacho fomentó la actividad y dictó directrices y políticas en beneficio del sector.

 

 

El reto

 

Ante una actividad productiva que viene en aumento, el país se enfrenta a un nuevo reto: la endogamia de los animales. “El Servicio Nacional de Salud Animal (Senasa) tiene barreras zoosanitarias para la importación de semen o animales de casi todo el mundo, a excepción de tres o cuatro países como Nueva Zelanda y Australia, de donde es casi imposible la importación de material genético debido a los altos costos, pero nos urgía renovar el material genético”, dijo Camacho.

 

Desde el Programa de Rumiantes Menores de la ECA-UNA se propuso un proyecto de mejoramiento genético denominado “Caracterización genómica de  cabras lecheras y ovinos de carne costarricense, para la identificación de individuos promisorios como base de un programa de mejoramiento genético”, que se realiza en conjunto con la Escuela de Biología de la UNA.

 

Además, rememora Camacho, hace algunos años obtuvieron permiso de Senasa para importar semen caprino de Estados Unidos y Canadá, y Senasa importó semen ovino de  Nueva Zelanda, con el objetivo de disminuir la endogamia  y mejorar la eficiencia productiva de los hatos. 

 

“Nuestros investigadores han recibido capacitaciones de expertos internacionales y han viajado a países como Argentina y Uruguay para aprender técnicas técnicas bioreproductivas como sincronización de celos, inseminación artificial intra-cervical (semen fresco, enfriado, refrigerado y congelado), inseminación artificial intrauterina y técnica de ovulación múltiple y transferencia de embriones. 

 

Por el momento tenemos un pequeño laboratorio en el cual hemos ido avanzando poco a poco, nuestro objetivo es convertirnos en un centro de mejoramiento genético, desde donde podamos dar seguimiento a los animales genéticamente superiores, extraer su semen para uso de laboratorio o para venderlo a los productores a un precio accesible”.

 

Huella

 

Isabel Camacho entró a la UNA en 1987 para trabajar con el proyecto del Banco Interamericano de Desarrollo. Dos años después y ya con una Maestría en Nutrición Animal ingresó a la Escuela de Ciencias Agrarias, y desde entonces ha sido la coordinadora del Programa de Rumiantes Menores. Oriunda de Alajuela, fue también la directora de la Escuela de Ciencias Agrarias entre el 2012 y el 2017.

 

Asegura que en pocos años le llega su jubilación, pero está convencida de haber dejado una buena semilla en el proyecto. “Las cabras han sido parte de mi vida, siempre he estado ligada a este proyecto, pero creo en los cuadros de relevo y estoy segura de que los participantes del programa son muy buenos y se han capacitado para continuar innovando en el mercado, todavía tenemos muchas áreas que podemos desarrollar”, puntualizó Camacho.

 

 

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