Es el petróleo, es la democracia, es el narcotráfico… Desde la Casa Blanca se arguyen razones para una intervención militar que tomó desprevenido a Nicolás Maduro aquella madrugada del 3 de enero y que lo tiene hoy, a él y a su esposa Cilia Flores, en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, en Nueva York. Sin embargo, ese interés hacia Latinoamérica tiene una razón más de fondo: China.
Porque Venezuela viene a ser el capítulo consolidado de una serie de amenazas hacia la región y que van desde el Canal de Panamá, los desencuentros con el gobierno de Colombia (matizados ahora con la reunión de Donald Trump con Gustavo Petro), la influencia en elecciones en Argentina y Honduras y los mensajes de aplicar la misma receta de Maduro con sus contrapartes en Cuba y Nicaragua.
El tema se analizó durante el conversatorio Futuro incierto: consecuencias regionales del conflicto entre Estados Unidos y Venezuela, organizado por la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (UNA).
El académico de la UNA, Carlos Cascante, esbozó la forma en que históricamente Estados Unidos ha tenido intereses particulares sobre Latinoamérica, hasta desembocar en el rol que juega China. Esa relación ha sido “asimétrica”, según el experto, partiendo de las grandes diferencias militares, económicas y sociales entre Washington y la región como un todo.
“Existen tres visiones de la historia de esas relaciones: una es la más antiimperialista donde Estados Unidos dispone y los latinoamericanos obedecen, casi de jerarquía absoluta, con poco espacio para las políticas de relaciones exteriores de los países de la región. Una segunda visión se basa en una idea más revisionista donde los norteamericanos tienen un papel más benévolo y las intervenciones se ven signadas por la necesidad de garantizar la seguridad estadounidense”, explicó Cascante.
La tercera visión es más contemporánea y plantea que los países latinoamericanos no obedecen de manera irrestricta las decisiones de Estados Unidos y más bien logran desarrollar capacidades de negociación con su contraparte.
Comportamiento pendular
A partir de esas visiones, el interés de intervención de Estados Unidos sobre América Latina no siempre ha sido el mismo. Cascante lo definió como un “comportamiento pendular”.
A inicios del siglo XX, por ejemplo, la estrategia intervencionista fue constante con el apoyo al establecimiento de gobiernos favorables. Esa misma tendencia se vivió a partir de la década de los cincuenta y hasta mediados de los sesenta, en medio de la Guerra Fría. La década de los setenta más bien generó un alejamiento, sobre todo, después del golpe de Estado a Salvador Allende, en Chile.
Otro periodo que Centroamérica recuerda muy bien fue la década de los ochenta y hasta la intervención para detener a Manuel Antonio Noriega, en Panamá, cuando empezó otro periodo de alejamiento, hasta que hace unos 15 años el interés se reactivó con la expansión de la influencia china en la región.
“Los informes del Comando Sur de Estados Unidos indican que a partir del 2010 conforme China ha venido desarrollando más proyectos en América Latina y con una presencia más evidente, la visión de un hemisferio en competencia fue permeando mucho entre las autoridades militares norteamericanas. Es decir, pasamos de una región donde el problema era narcotráfico y la migración a una donde Estados Unidos compite con actores extrarregionales y con un riesgo de ser una zona que puedan perder”, detalló Cascante.
Influencia creciente
Esa mayor presencia China se ve en ámbitos que van desde las relaciones comerciales, los proyectos de inversión y la diplomacia.
El intercambio comercial alcanzó en el 2024 los 518.400 millones de dólares en la región latinoamericana, convirtiéndose en el segundo socio en importancia. Incluso para economías grandes como Perú, Brasil y Chile se ha posicionado como el principal.
América Latina es ahora el segundo destino global de inversiones chinas fuera de Asia con proyectos de inversión extranjera directa (IED) por hasta 600,8 mil millones de dólares. Esto incluye asistencia crediticia, grandes parques industriales como los que se construyen en Perú, Jamaica y Trinidad y Tobago, proyectos de energías renovables y manufactura avanzada, amparados en la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
En una conferencia realizada el año anterior por el Centro Internacional de Política Económica para el Desarrollo Sostenible (Cinpe) de la UNA, sobre la relación China-América Latina, se destacó que entre 1995 y el 2021 China ha generado 8,1 millones de empleos en la región. En suma, una sexta parte del empleo en América Latina lo generó el país asiático.
El académico Enrique Dussel, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), e invitado a la actividad, detalló que bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta, China comenzó a liderar una serie de inversiones para conectar a personas y al comercio atravesando extensas regiones en Asia, Medio Oriente y África. Ese enfoque de cooperación tiene perspectivas incluso hasta el 2050, lo que refleja, de acuerdo con el académico, la visión comercial de largo plazo del gobierno chino.
La estrategia multilateral de China se ha fortalecido también con su participación en foros como China-Celac, desde donde se coordinan políticas y acciones que vinculen a esta nación con América Latina y el Caribe.
Al final de cuentas, el interés de Washington de acaparar el petróleo venezolano tiene una implicación directa para los chinos. Desde que en el primer gobierno de Trump se impusieran sanciones económicas al país suramericano, al menos un 80% de las exportaciones petrolíferas se han dirigido al gigante asiático, por lo que el acaparamiento del crudo por parte de Estados Unidos tendría un impacto ante nuevas condiciones que podrían implementar para la venta del producto hacia terceros.