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Con olor y sabor a café: así celebró el Museo de Cultura Popular sus 32 años

Con olor y sabor a café: así celebró el Museo de Cultura Popular sus 32 años

La historia costarricense, desde la misma época de la independencia de la corona española, comenzó a escribirse a la sombra de esa bebida de tueste oscuro y que es parte de la vida cotidiana de millones de familias.

El café y la historia de Costa Rica han construido un vínculo inseparable, que se preserva hasta la fecha. En reconocimiento a su aporte al desarrollo agrícola, social y económico, el Museo de Cultura Popular, de la Escuela de Historia de la Universidad Nacional (UNA), celebró sus 32 años.

La celebración se llevó a cabo el domingo 8 de febrero. Las puertas del museo, en Santa Lucía de Barva, en Heredia, se abrieron para recibir a familias enteras y disfrutar de una jornada donde las tradiciones más emblemáticas suscitaron las emociones de todos sus visitantes.

Todo supo, olió y se vistió de café; hasta las notas musicales. En la voz de la soprano Elsa Castro, la Banda Municipal de Heredia deleitó con una serie de composiciones de autores nacionales, quienes se inspiraron a partir de la mata del café. Desde La cosecha, de Alejandro Monestel, hasta La flor del café, de Julio Mata, y El grano de oro, de Luis Flores (tío del presidente Alfredo González Flores), las interpretaciones remembraron la tradición de la siembra y la cosecha. 

El director del Museo, Luis Pablo Orozco, destacó el valor histórico del cafetal como propulsor de la cultura. “Queremos reconocer a quienes históricamente han contribuido a destacar al país como un lugar donde se siembra el grano de oro y por eso, durante todo el 2026, realizaremos en este espacio actividades relacionadas con el café, como ferias de emprendimientos para apoyar al productor nacional, charlas académicas, conversatorios y una producción audiovisual sobre el tema”, anunció.

Y una forma de extender ese reconocimiento fue a través de las manos que labran la tierra y le dedican su tiempo y esfuerzo. Es el caso de Deilyn Godínez, el funcionario con más antigüedad del Museo, con 30 años de trayectoria. Él, todos los días, sale de su casa en Aserrí a las 4 a.m., para cuidar con esmero la hectárea de cafetal, así como lo hace con su parcelita de tierra que tiene en su hogar. 

En medio de la presentación de la Banda Municipal de Heredia, Luis Pablo Orozco le hizo entrega de un reconocimiento por sus años de labores en el cuido y preservación de las instalaciones del museo, en especial, de su cafetal. Y de nuevo, las flautas, clarinetes, oboes, trompetas y tubas, entre otros instrumentos, avivaron el escenario.

El programa de actividades inició a las 10 a.m. con la presentación de un cuentacuentos a cargo del personaje El Duende. La cimarrona y las mascaradas llamaron la atención de los visitantes, mientras los platos típicos del restaurante La Fonda, comenzaban a atraer a los comensales.

Por la tarde, bajo una mezcla de sol y un viento fresco, le correspondió al grupo de teatro Magnolia, recobrar las tradiciones que Aquileo J. Echeverría plasmara en sus Concherías o las travesías de Arianna durante su embarazo, que retratara Ana Istarú con Baby boom en el paraíso.

Todas estas actividades se entremezclaron con una amplia oferta que emprendedores locales tuvieron a disposición de los visitantes. Efecto Mariposa, por ejemplo, mostraba bisutería hecha sobre minerales preciosos, mientras que Beth tenía en su mesa jabones artesanales de distintos aromas.

Para quienes desearan llevar clases de pintura y arte, la academia Tarab ofrecía inscripciones, mientras que La magia de mamá tenía en frascos sabores naturales convertidos en jaleas. Mouskéto (esencias y cosmética), Babarama (bolsos) y Pupusas salvadoreñas completaban la lista de emprendimientos.

Sandra González viajó desde Calle Blancos, junto a su hija y su sobrina, para disfrutar la fiesta. Venía de saborear una sopa y siente que este tipo de espacios culturales y tradicionales deben preservarse. “Llegué cuando estaba la mascarada y se veía muy bonito. La comida deliciosa y la convivencia de personas de todas las edades se confabulan para hacer este ambiente tan agradable”, expresó.

Tradición que atraviesa siglos

El corolario de esta celebración fue una charla a cargo de Rafael Ledezma, director de la Escuela de Historia y de José Antonio González, autor del libro Voces del cafetal, acerca de la historia del café en Costa Rica.

Las primeras siembras se llevaron a cabo en las tierras altas de Etiopía y ya para el siglo XIV se extendió por la Península Arábiga, como bebida propia de los ritos. De ahí dio el salto al antiguo Imperio Otomano, hasta que, por su cercanía con Europa, se dio a conocer en este continente hacia el siglo XVII.

En Costa Rica, se presume que el primer cafetal se ubicó en San José en la década de 1820 y, poco a poco, dejó de ser una planta ornamental para tener un matiz comercial, con una creciente demanda en países europeos. Detrás del palo de Brasil, los cueros y el dulce, el café ya era, en1933, el cuarto producto de exportación.

Las fronteras agrícolas comenzaron a abrirse. Se fomentó la propiedad privada y el auge de una economía agroexportadora permitió que desde el valle central se incrementaran los cafetales.

El ascenso de gobiernos liberales en la Costa Rica de finales del siglo XIX vio en la caficultura un modelo de reconocimiento que dio paso a las oligarquías. Fue así como este producto moldeó el progreso nacional con obras claves como el Teatro Nacional o el ferrocarril al Atlántico. 

De la mano del café, Costa Rica vivió épocas de crisis y bonanzas a lo largo del siglo XX. Y hoy, aunque está lejos de ser el producto estrella de exportación que alguna vez ostentó, ha encontrado su nicho en presentaciones de especialidad donde se reconoce la calidad y la denominación de origen del producto con sello nacional.

 

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La historia costarricense, desde la misma época de la independencia de la corona española, comenzó a escribirse a la sombra de esa bebida de tueste oscuro y que es parte de la vida cotidiana de millones de familias.

El café y la historia de Costa Rica han construido un vínculo inseparable, que se preserva hasta la fecha. En reconocimiento a su aporte al desarrollo agrícola, social y económico, el Museo de Cultura Popular, de la Escuela de Historia de la Universidad Nacional (UNA), celebró sus 32 años.

La celebración se llevó a cabo el domingo 8 de febrero. Las puertas del museo, en Santa Lucía de Barva, en Heredia, se abrieron para recibir a familias enteras y disfrutar de una jornada donde las tradiciones más emblemáticas suscitaron las emociones de todos sus visitantes.

Todo supo, olió y se vistió de café; hasta las notas musicales. En la voz de la soprano Elsa Castro, la Banda Municipal de Heredia deleitó con una serie de composiciones de autores nacionales, quienes se inspiraron a partir de la mata del café. Desde La cosecha, de Alejandro Monestel, hasta La flor del café, de Julio Mata, y El grano de oro, de Luis Flores (tío del presidente Alfredo González Flores), las interpretaciones remembraron la tradición de la siembra y la cosecha. 

El director del Museo, Luis Pablo Orozco, destacó el valor histórico del cafetal como propulsor de la cultura. “Queremos reconocer a quienes históricamente han contribuido a destacar al país como un lugar donde se siembra el grano de oro y por eso, durante todo el 2026, realizaremos en este espacio actividades relacionadas con el café, como ferias de emprendimientos para apoyar al productor nacional, charlas académicas, conversatorios y una producción audiovisual sobre el tema”, anunció.

Y una forma de extender ese reconocimiento fue a través de las manos que labran la tierra y le dedican su tiempo y esfuerzo. Es el caso de Deilyn Godínez, el funcionario con más antigüedad del Museo, con 30 años de trayectoria. Él, todos los días, sale de su casa en Aserrí a las 4 a.m., para cuidar con esmero la hectárea de cafetal, así como lo hace con su parcelita de tierra que tiene en su hogar. 

En medio de la presentación de la Banda Municipal de Heredia, Luis Pablo Orozco le hizo entrega de un reconocimiento por sus años de labores en el cuido y preservación de las instalaciones del museo, en especial, de su cafetal. Y de nuevo, las flautas, clarinetes, oboes, trompetas y tubas, entre otros instrumentos, avivaron el escenario.

El programa de actividades inició a las 10 a.m. con la presentación de un cuentacuentos a cargo del personaje El Duende. La cimarrona y las mascaradas llamaron la atención de los visitantes, mientras los platos típicos del restaurante La Fonda, comenzaban a atraer a los comensales.

Por la tarde, bajo una mezcla de sol y un viento fresco, le correspondió al grupo de teatro Magnolia, recobrar las tradiciones que Aquileo J. Echeverría plasmara en sus Concherías o las travesías de Arianna durante su embarazo, que retratara Ana Istarú con Baby boom en el paraíso.

Todas estas actividades se entremezclaron con una amplia oferta que emprendedores locales tuvieron a disposición de los visitantes. Efecto Mariposa, por ejemplo, mostraba bisutería hecha sobre minerales preciosos, mientras que Beth tenía en su mesa jabones artesanales de distintos aromas.

Para quienes desearan llevar clases de pintura y arte, la academia Tarab ofrecía inscripciones, mientras que La magia de mamá tenía en frascos sabores naturales convertidos en jaleas. Mouskéto (esencias y cosmética), Babarama (bolsos) y Pupusas salvadoreñas completaban la lista de emprendimientos.

Sandra González viajó desde Calle Blancos, junto a su hija y su sobrina, para disfrutar la fiesta. Venía de saborear una sopa y siente que este tipo de espacios culturales y tradicionales deben preservarse. “Llegué cuando estaba la mascarada y se veía muy bonito. La comida deliciosa y la convivencia de personas de todas las edades se confabulan para hacer este ambiente tan agradable”, expresó.

Tradición que atraviesa siglos

El corolario de esta celebración fue una charla a cargo de Rafael Ledezma, director de la Escuela de Historia y de José Antonio González, autor del libro Voces del cafetal, acerca de la historia del café en Costa Rica.

Las primeras siembras se llevaron a cabo en las tierras altas de Etiopía y ya para el siglo XIV se extendió por la Península Arábiga, como bebida propia de los ritos. De ahí dio el salto al antiguo Imperio Otomano, hasta que, por su cercanía con Europa, se dio a conocer en este continente hacia el siglo XVII.

En Costa Rica, se presume que el primer cafetal se ubicó en San José en la década de 1820 y, poco a poco, dejó de ser una planta ornamental para tener un matiz comercial, con una creciente demanda en países europeos. Detrás del palo de Brasil, los cueros y el dulce, el café ya era, en1933, el cuarto producto de exportación.

Las fronteras agrícolas comenzaron a abrirse. Se fomentó la propiedad privada y el auge de una economía agroexportadora permitió que desde el valle central se incrementaran los cafetales.

El ascenso de gobiernos liberales en la Costa Rica de finales del siglo XIX vio en la caficultura un modelo de reconocimiento que dio paso a las oligarquías. Fue así como este producto moldeó el progreso nacional con obras claves como el Teatro Nacional o el ferrocarril al Atlántico. 

De la mano del café, Costa Rica vivió épocas de crisis y bonanzas a lo largo del siglo XX. Y hoy, aunque está lejos de ser el producto estrella de exportación que alguna vez ostentó, ha encontrado su nicho en presentaciones de especialidad donde se reconoce la calidad y la denominación de origen del producto con sello nacional.