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Atención en salud mental destapa desigualdades de género

Las causas y el abordaje de las situaciones de salud mental son diferentes en hombres y mujeres. Sin embargo, su atención refleja desigualdades e inequidades en detrimento de la población femenina. 

Así se evidenció en una exposición que realizó la académica Margot Pujol de la Universidad Autónoma de Barcelona, quien presentó la conferencia Cuando el saber hiere, por invitación del Instituto de Estudios de la Mujer (IEM) de la Universidad Nacional (UNA). 

“El sufrimiento se refleja de diferentes maneras. La depresión en las mujeres se expresa hacia adentro, con manifestaciones de tristeza, sentirse mal, baja autoestima. En cambio, en los varones no se diagnostica porque se canaliza de otras formas, con el consumo de tóxicos, actividades de riesgo y con violencia de género”, manifestó la experta.

Lo anterior ha derivado en una proliferación de diagnósticos psiquiátricos medicalizados, dejando de lado el tratamiento psicosocial con perspectiva de género. “Todo se patologiza”, sentenció Pujol.

Esta es una tendencia en crecimiento, según datos compartidos por la académica. En 1952 había 106 diagnósticos, cifra que se incrementó hasta 320 en el 2013. 

En este contexto, el abordaje de la salud mental es diferente y desigual entre hombres y mujeres. En España, país donde ha desarrollado sus investigaciones, Pujol determinó que la prevalencia de casos de ansiedad y depresión es de un 19.4% entre la población femenina, mientras que para los varones representa un 8.5% (más de la mitad).

En cuanto a los trastornos depresivos, estos se presentaron en un 5.9% de las mujeres, mientras que en los hombres fue de un 2.3% con datos al 2024.

En concordancia con lo anterior, las mujeres recibieron más tratamientos medicalizados que los hombres. Mientras que en ellos la receta de ansiolíticos y antidepresivos es de un 12.4% y 7.3% respectivamente, en las mujeres alcanza hasta el doble.

Lo anterior es una evidencia del papel sesgado desde las ciencias de la salud, en lo que Pujol llama la “patologización de lo femenino” y las diferencias en la atención de los malestares mentales, donde existen otros factores fisiológicos, sociales y culturales que afectan más a las mujeres, como consecuencia de una sociedad patriarcal.

“Debemos dejar atrás la separación que existe entre las ciencias de la salud y las sociales, donde tienen cabida los estudios de género y los feminismos, y entender que detrás de estos sesgos existe una regulación social, estructuras de poder, procesos de subjetivación y contextos que explican estas brechas”, manifestó la académica. 

Como lo apuntó la psiquiatra española Laura López Andrade: “Se necesita un discurso sobre el malestar no profesional, que hable de lo común, de lo que está pasando en la sociedad y de lo que nos afecta”, de acuerdo con una cita que se expuso durante la conferencia. 

Violencia epistémica 

El tema de la salud mental y las desigualdades de género representan un ejemplo de cómo el género binario ha encasillado los roles de las mujeres y los hombres. La especialista detalló que esto se manifiesta por medio de comportamientos macrosociales (si se es hombre, mujer, gay, homosexual, transexual u otras identidades) y microsociales (disposiciones hacia la acción, al acceso pleno a derechos y placeres).

El enraizamiento de estas estructuras ha llevado a la sociedad a catalogar como anormal o normal el estado de una persona, lo que conlleva fomentar desigualdades. “Por eso es que a las minorías se les adjudican valoraciones como anormales, abyectas, extrañas, racializadas, defectuosas, entre muchas otras”, agregó Pujol.

Es ahí donde surge el término violencia epistémica, el cual se produce cuando se cuestiona la capacidad de contribuir a la generación de conocimiento y de cómo las sociedades pueden beneficiarse de ello.

Una de las formas más evidentes es la “epistemología de la ignorancia” que se manifiesta de distintas maneras. Por ejemplo, cuando existe desinterés por investigar ciertos temas, cuando hay intereses determinados que bloquean el acceso a nuevos conocimientos o cuando no se conoce de algo y no se quiere saber o ahondar más. 

Así, situaciones como la desigualdad de género en la atención de la salud mental caben dentro de este tipo de violencia, por ejemplo, si se tiene el conocimiento de que la brecha existe, pero no se hace nada desde las estructuras de poder y de toma de decisiones para hacer un cambio. 

Otro ejemplo se da cuando la ignorancia es promovida por grupos que actúan sistemáticamente mediante el ocultamiento de información. De todas estas características nace la acepción de que “el saber duele”, cuando simboliza una amenaza al statu quo, como parte de una tendencia globalizadora neoliberal.

Por ello, Margot Pujol hizo énfasis en que “el conocimiento nos puede matar”, pero es ahí donde se debe enfatizar en la narrativa del malestar de género, que no busca revictimizar a la persona, sino dar crédito a su entorno integral. “Los malestares son capaces de acumularse y luego salir a flote en distintas etapas de la vida, generando psicopatías”, agregó.

La lucha por el cierre de brechas de desigualdad de género es una lucha sin fin, acotó. “Los derechos de equidad no se ganan nunca para siempre. Hay que trabajarlos continuamente para que se mantengan y no se pierdan. Los movimientos sociales no son lineales, tienen momentos de bajadas y subidas, pero siempre son necesarios bajo el enfoque emancipador y transformador que la sociedad necesita”, concluyó Pujol.