El pájaro de fuego

 Noelia Campos, como Rachel, tiene ángel, goza de una simpatía y erotismo inocente muy apropiados para la valerosa y resignada chica que procura sobrevivir en condiciones muy difíciles, y Larry Olivas encarna con aplomo y buenas tonalidades y expresiones al protagonista Tony, un joven recién salido del reformatorio.

Cine costarricense; necesario y admirable. De jóvenes, miserias y destinos; con el narco al acecho.

Por Gabriel González-Vega* 

Con más de medio siglo como cinéfilo apasionado y más de 20 mil películas visionadas—entre cortos y largos—me encanta cuando alguna me atrapa de inmediato y me mantiene atento y emocionado hasta el final; así como cuando la puedo volver a ver manteniendo el interés. Esta conexión la logré con El pájaro de fuego, un título sugestivo para un relato bien redondeado, hecho con esmero, y que deja huella. De lo mejor del cine centroamericano. Y eso que debido a la pandemia la vi en mi casa; en una sala de cine la experiencia ha de ser aún más intensa y gratificante.

Su director, César Caro Cruz, es un chileno formado en Cuba y Holanda, que lleva una década trabajando con nosotros. Es un artista que se toma en serio su trabajo, al igual que el productor tico estadounidense Drew Irwin, quien ya lleva seis lustros aquí, e igualmente fue indispensable (junto a otros Como Melina Valdelomar) para este magnífico logro. Los dos largometrajes previos de César me llamaron la atención por su audacia y complejidad, aunque no los aprecio tan logrados como este “…pájaro…”.

Tercer mundo (2010) plantea relatos paralelos en la capital de Chile, el altiplano de Bolivia y nuestra Costa Rica de lago y volcán, con elementos de magia y fantasía. Expone la necesidad de huir, el sueño místico, alucinaciones. Es extraña, sugerente, dispar. Y atrevida. Saboreé más el segmento de Bolivia, y me gustaron varios planos gallardos de la fotografía de Ana Lucía Jiménez, aunque menos el ocasional tono (y algunas interpretaciones) caricaturesco. El mayordomo (2017) es una pintura sombría y misteriosa, intriga que bordea la maldad, protagonizada por el notable Abelardo Vladich (Gestación), mi experto compañero del cine club Diálogo, Fernando Vinocour, y el actor no profesional Luis Borge, que tiene una excelente, parca, presencia escénica. Experimento que César repite al escribir “…el pájaro…” para Larry Olivas, otro actor natural, nuevamente con éxito. Me contó Eugenio García Chinchilla, avezado fotógrafo, que ya él había tenido a Olivas frente al lente y se había percatado de su singular talento. 

Dos sobresalientes realizaciones de Paco González, Tres Marías y La mejicana (recientemente estrenada en Garbo virtual), que se asoman con brío y estilo depurado a barrios marginales y sus espirales de violencia, así como la conspicua Presos de Esteban Ramírez (a cuya edición y producción aporté varias ideas), que explora hábilmente la mentalidad de los delincuentes y sus allegados, son valiosos antecedentes nacionales, aunque muy distintas, a este inquietante “…pájaro…”.  Y, claro, el viejo documental sobre la infame Peni, Los presos (1975), de Víctor Ramírez, las precede. Como referencia carcelaria, acoto que el mejicano René Cardona rodó una versión de la emblemática y popular novela autobiográfica del formidable escritor José León Sánchez, La isla de los hombres solos, en 1974.

Un pájaro inesperado y brillante

Pese a la usual limitación de recursos, a la dificultad de trabajar, no en sets, sino en una comunidad urbano marginal (La Carpio) con espacios reducidos y en medio del ajetreo cotidiano, el relato fluye con facilidad y se percibe y aplaude el profesionalismo de los productores, técnicos y artistas. Me encanta el prólogo, preludio de la agilidad y eficacia de toda la narración. Es de lo mejor que he disfrutado en pantalla. Inicia presentando al joven protagonista, un colegial llamado Tony Martínez (Larry Olivas) en un primer plano contrapicado con el cielo de fondo, como un signo de interrogación. Luego, con el feliz recurso de la patineta y el uso de drones para ángulos en picado (ojo de águila) combinados con travellings de seguimiento (usan Dolly y jeep), pueblan el filme de recorridos expresivos que son un deleite observar y potencian la fábula, que sigue una estructura aristotélica, clásica, bien armada. Hay mucho ingenio y destreza en el paso de planos generales de ubicación, a primeros planos íntimos de personificación. Sin caer en la porno miseria ni romantizarla, sin clisés, con una naturalidad asombrosa, la ciudadela se convierte en coprotagonista, espejo, reto y condena, con sus callejuelas estrechas, edificaciones encimadas, negocios atareados y gente haciendo su vida cotidiana, desplazándose, laborando, alimentándose, vistas con un familiar y certero tono documental, en una película de ficción que trasciende este barrio josefino para ser cualquiera del subcontinente latinoamericano. Es más, me recordó la favela Rosinha en Río de Janeiro y la tugurial Dharavi en Mumbai (ambas mucho más hacinadas y carenciadas), donde lo más notorio y conmovedor es ver el afán de la gente, bregando duro para salir adelante, pese a la pobreza y la marginación, algo que los cineastas también reconocieron en La Carpio y contradice los estereotipos burgueses; la principal desigualdad no es por indolencia, es inequidad. Porque el filme tiene la rara virtud de ser una historia universal, así concebida, sin dejar de ser un retrato lúcido de esta comunidad, apodada La isla por tener una sola entrada y estar bordeada por dos pequeños ríos, en la que predominan migrantes nicaragüenses, dato que alimenta la deplorable xenofobia de algunos. Conjunto urbano que los reiterados planos aéreos de la techumbre atiborrada y las delgadas líneas de calle hacen muy sugestivo. Esa sensación de que a la distancia todo se ve tan tranquilo, más ya en el suelo y de cerca bulle la actividad, hormigueo de buenas y malas intenciones.

Por eso fue crucial la alianza con la Fundación Humanitaria Costarricense, una ONG dedicada a contribuir, desde hace tiempo, con la calidad de vida de los lugareños, que se convirtió en socia indispensable. A través de Gail Nystrom, que Drew contactó inicialmente, se acercó el equipo a conocer y explorar durante siete meses esa compleja locación. En vez de invadir el vecindario y llegar amparados a seguridad externa, se integraron poco a poco, con respeto y empatía, convirtiendo al pueblo en su cómplice, una visión y experiencia dignos de atención y encomio, que produjo excelentes resultados. Ya antes César había trabajo allí como sonidista de Los maes de la esquina, un documental del bueno de Juan Manuel Fernández, (Vargas Brothers, El camino de la negrita) y había escuchado el cuento de una avioneta cargada de cocaína que cayó en el río (el aeropuerto de Pavas está muy cerca), la que imaginó en llamas, origen de su proyecto, para el que otra buena cineasta, cercana a ambos, Laura Ángel, le sirvió como asistente de dirección. De Juan Manuel, que me presentó nuestro común amigo el poeta Julio Acuña qepd años ha, me llaman la atención tanto su destreza profesional como su manifiesto humanismo.

Luego del personaje de Tony, y de su barrio—prisión y hogar—nos muestran rápida y sucesivamente, con gran acierto, a su mejor amigo Chayote (Diego Rojas), a su novia Rachel (Noelia Campos), a su padre (Luis Borge), y a otro amigo, Saturno (Kendall Guillén), el malo de la película; los personajes clave. Culmina esta introducción con una escena de violencia criminal determinante para todo lo que sigue; se establece así la acción dramática. Y aparece el título, con una tipografía y color muy eficaz. Lo que vemos a continuación son consecuencias de este conflicto desencadenador y el estupendo epílogo cierra la historia de manera perfecta; es tan hermoso como triste, tan ingenuo como revelador. Un final agridulce, tan nostálgico como provocativo. ¿Qué les pasó? “¿Qué nos pasó?”, dice Tony en un momento, de extrema tensión. El público debe buscar respuestas a partir de los hechos descritos.

Me llamó la atención al inicio el rato de cariño ligero en el parquecito de Tony y Rachel, con la malla rota de fondo, preludio de males por venir. Otro ejemplo de lo bien lograda que está la película es la breve escena de la marihuana que, literalmente en vilo, consumen sobre el puente del tren, rito y convicción de amistad, con sus risas y aspavientos inocentes–les dio la payasa (me entienden)—en ese espacio abierto tan sugestivo, bello y peligroso a la vez. Touché. Pero allí mismo una llamada perentoria los saca de cuadro y los involucra en la cadena de violencia que arrasará con todos. La droga es vida y es muerte.

Imágenes perdurables

Una segunda agradable sorpresa con esta película es que hay algunas obras cuya fotografía no solo es correcta y adecuada, sino que varios planos me impresionan al punto de sentir que son como una sucesión de estupendas fotografías—no solo fotogramas—, que merecen atención específica cada una, más allá de desplegar la historia. Entonces, me quedo extasiado: ¡qué buen plano! ¡Cómo me sugiere, cómo me deleita! El trabajo que encabezó Andrés Campos (El despertar de las hormigas, a quien recuerdo por el grupo Bisonte Producciones) goza de esta maravillosa cualidad. En muchos casos la cámara, muy bien ubicada, deja que las acciones transcurran frente a ésta inmóvil, lo que nos hace sentir como testigos directos pero ajenos a esa realidad que se desenvuelve frente a nosotros. También realizan lentos o veloces acercamientos muy atractivos. Y además estupendos planos aéreos, y de persecución, que le imprimen gran dinamismo al relato. Una edición notable de la chilena Valeria Hernández construye con primeros planos y planos detalle las fuertes emociones de las figuras en acción, que casi siempre los intérpretes saben manifestar.

Hermoso acierto fue incorporar tanto los coloridos grafitis (obra de Maitex) como las escenas de break dance de la cultura hip hop, contrapunto al emporio del narco que procura dominar la zona. Frescura, alegría, compañerismo y una alternativa sana en el arte y el deporte son estas imágenes de jóvenes bailarines (interpretados por Movimiento sin límite) afanados en su danza colectiva, de las pocas opciones que disponen en ese mundo. Bien filmadas, son oportunas y atractivas per se, además de testimoniar una subcultura que se extiende por la región. Un sonido adecuado se suma a una banda sonora muy útil para subrayar y acompañar las imágenes y los diálogos. Las canciones, entre festivas y de denuncia, agregan densidad y atractivo al conjunto. Las originales son del chileno José Manuel Gatica, colaborador habitual de César, y otras, ticas, de Resistencia subversiva.

Las interpretaciones están muy bien logradas. El casting es idóneo. Como mejor amigo, de Tony, entre socio y rival, Diego muestra gran destreza para construir al travieso Chayote. Un personaje, inquieto, simpático, divertido. Que yerra y acierta por igual en sus decisiones, lo que manifiesta con un estupendo manejo corporal y gestual, un elaborado registro vocal, y una seguridad encomiable. Lo recordamos como el fugaz mensajero en el corto experimental Express de Esteban Richmond; él muestra un currículo interesante y le auguramos un futuro promisorio. Cuenta en una entrevista que el ambiente del filme le era familiar de su natal Limón, lo cual facilitó su buen trabajo.

Noelia, como Rachel, tiene ángel, goza de una simpatía y erotismo inocente muy apropiados para la valerosa y resignada chica que procura sobrevivir en condiciones muy difíciles, con una madre (Raquel Hernández) drogadicta perdida (me recordó escenas de nuestra entrañable Password/Una mirada en la oscuridad) y un hermano ausente en la cárcel. La explotación sexual se aprecia desde la falta de opciones y no bajo el estigma puritano. Noelia, además de actriz, es cantante; ella es otro talento con futuro estimable.

El triángulo amoroso entre los jóvenes es creíble, razonable, aunque está mejor logrado en el primer desencuentro que en el segundo. Es interesante que el vínculo sexual lo ven como algo normal, esperable, y está asociado con la amistad y la protección mutua, una visión diferente al énfasis lujurioso y pecaminoso en otras obras y medios. Tampoco hay concesión al voyeurismo del espectador.

Tanto la imagen de esa madre aniquilada—el rostro de la desesperanza—como la de Tony con su padre enigmático que come en silencio y lo ignora, y los flashbacks del progenitor, son otro acierto (agreguemos la lamentable llamada de Tony a una tía, tan burda, tan grosera ella). En especial ese sobrio plano con el padre (Luis Borge, de nuevo) en la humilde mesa, tan lleno de significados (recordé a Yasujiro Ozu), es de una fuerza dramática formidable y la alusión al volcán nicaragüense Momotombo, que dice Tony podría explotar, otra clave. Bien compuesto está además el que Tony le guarda respeto y aprecio, pese a todo. La sangre cuenta; más cuando el sentimiento de soledad arrecia y el sentido de la vida es difuso. Buen casting es el de Kendall, cuya corpulencia lo hacen un villano llamativo. Sin embargo, es el personaje más trillado y plano de los principales. Quizá falta un registro más amplio y matizado en su descripción (escritura) e interpretación, pero sí funciona para cerrar el círculo.

Pese a no ser actor profesional, Larry Olivas encarna con aplomo y buenas tonalidades y expresiones al protagonista Tony, un joven recién salido del reformatorio (pasó tres años recluido), tanteando, confundido, otro camino en la vida. Hay un diestro manejo corporal, y tiene momentos de rica expresión gestual, aunque otros son menos dilatados. Su química con los demás es de reconocer. Lleva el peso de la obra y muestra una naturalidad muy afortunada. Al inicio sí se ve más chiquillo, y tanto la alegría como el enojo los expresa cándidamente. Un éxito. Sin duda tiene talento y presumimos que se lo facilita la cercanía personal con el personaje. Muy probablemente pueda desarrollarse como un buen intérprete profesional a futuro si lo desea.

Dos aspectos que contribuyen al gran atractivo de la puesta en escena es la adecuada dirección de arte, que aprovecha muy bien los recursos del lugar, así como el vestuario idóneo. El auto verde se vuelve un leitmotiv tan arcano como infausto. Y las patinetas un sueño de libertad atrapado en el laberinto de la injusticia social.

Una figura interesante es la del ecuánime sacerdote católico (Daniel González), de esos valientes que sabemos se integran a comunidades problemáticas con verdadera vocación cristiana (no los adocenados reaccionarios que padecemos actualmente en la jerarquía católica del país). Él canaliza la esperanza de Tony de una vida mejor, mas las tentaciones, sean de riqueza, sean de venganza, se atraviesan en ese camino de redención suya y de sus allegados. Al final, el destino del cura, real o imaginario, es el del redentor crucificado de nuevo, en un mundo donde creo que debió subrayarse más la ineptitud y falta de recursos crónica de la policía en la llamada inútil; la gente sobrevive abandonada a su suerte. Pienso que la salida de Tony en microbús al final se presta a confusión. Y que el previo show down entre Tony y Saturno quedó forzado, siendo buena la idea en cuanto a reflexiones morales, pero discutible cómo se desarrolla ese enfrentamiento climático (el tiro, el puñal, el atropello; no funcionan muy bien).

Audaz, válido, el final no es feliz, como con frecuencia es la realidad. Golpea, pero alecciona. Ésta es una historia relevante, bien contada, atractiva, que preocupa e incita a resolver. Porque de que lo que se trata es de contar una buena historia, como nos decía mi querido maestro Sergio Román. Si bien con mucho más dinero y en el marco de una industria mucho más desarrollada (como las de Argentina o Francia) se habría pulido aún más algunos aspectos, la verdad es que el filme es muy satisfactorio y valioso. Cine de muy alta calidad para disfrutar y seguir rumiando sus muchas alusiones, pistas e interrogantes. En buena hora. Hay que verla.

(*) Académico jubilado de Estudios Generales, UNA.

 

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