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Solo 9 mujeres fueron electas presidentas en América Latina en este siglo

Con los brazos extendidos, Claudia Sheimbaum, una doctora en Ingeniería Eléctrica de 61 años, trazó un inédito capítulo en la historia política de México: ser la primera mujer que asuma la presidencia de este país en los últimos 200 años.

“No llego sola, llegamos todas. Con las heroínas que nos dieron patria, nuestras ancestras, nuestras madres, nuestras hijas y nuestras nietas”. Su mensaje, la noche del 2 de junio en que coronó una victoria respaldada por casi el 60% de los votos válidos emitidos, tuvo una clara señal de justicia y equidad de género.

Sin embargo, su caso es aún la excepción a la regla. Un recuento realizado determinó que del 2000 al presente se eligieron a 92 presidentes en América Latina: 83 hombres y nueve mujeres.

México, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Perú, Chile, Brasil y Argentina son parte del grupo de naciones donde la ciudadanía decidió, por medio del voto, que fuera una mujer quien gobernara. Solo Michelle Bachelet, en Chile, repitió una vez en la silla presidencial.

Hay países, como Guatemala, donde se eligieron hasta ocho mandatarios desde el 2000, todos hombres. En Perú, que en este siglo ha atravesado graves crisis políticas, incluidas renuncias y destituciones, ocuparon el más alto cargo de Estado hasta ocho hombres, antes de la asunción de Dina Boluarte, el 7 de diciembre de 2022, tras la caída del presidente Pedro Castillo.

Incluso, en la historia de América Latina fue hasta 1990 que se eligió a una mujer en la presidencia: Violeta Barrios, en Nicaragua. En el ámbito mundial, fue Sirima Bandaranaike, en 1960 la primera en asumir este puesto en Sri Lanka (antes Ceilán).

En Costa Rica, solo se registra el caso de Laura Chinchilla, quien gobernó del 2010 al 2014. Desde entonces, no han existido opciones reales para que una mujer ocupe de nuevo este cargo.

La desigualdad en el acceso al poder por la vía democrática abre el debate sobre las causas que explican por qué casos como el de Sheimbaum siguen acaparando los titulares alrededor del mundo, en los que se destaca que una mujer gobernará la nación mexicana a partir del 1º de octubre.

División sexual

Para Ana Soto, académica del Instituto de Estudios de la Mujer (IEM) y coordinadora de la Política para la Igualdad y Equidad de Género (PIEG) de la Universidad Nacional (UNA), existen causas estructurales que explican este fenómeno de desequilibrio.

Una razón tiene que ver con elementos culturales, donde influye la división sexual del trabajo, que determina, desde el punto de la vista de la sociedad, cuáles roles laborales debe asumir un hombre y cuáles una mujer. “Esta división genera que se haya relegado a las mujeres al espacio de lo privado y a los hombres, al público, donde se ubica el ejercicio de la política”, manifestó Soto.

Es ahí donde sobresale el concepto de “techo de cristal”, que según Laura Solís, académica e investigadora del programa Umbral Político, del Instituto de Estudios Sociales en Población (Idespo), refiere al límite dónde pueden llegar las mujeres por su condición de género.

Quebrar ese techo de cristal es una lucha desigual para las mujeres que decidan participar en política, en vista de que se les encasilla como “intrusas” o “transgresoras” de un espacio que tradicionalmente se le otorga a los hombres. Es ahí donde, en palabras de la investigadora y docente de la Escuela de Relaciones Internacionales, Argentina Artavia, nace el llamado “síndrome de la impostora”.

“Esas mujeres que han adoptado roles de liderazgo en campos como el de la política son las que socialmente se les califica como ‘intrusas’ porque se salen de esos patrones tradicionales. Desde muy pequeñas se nos ha encasillado en actitudes como de que no podemos reírnos muy fuerte, que calladita más bonita, manténgase ahí tranquila y sin moverse, entre muchas otras manifestaciones”, expresó Artavia.

Otro elemento que destaca la experta es que también han existido mujeres que ejercen estilos de liderazgo masculinizados. Con ella coincide Laura Solís, para señalar que ocurren situaciones donde el poder se ejerce con características que el electorado ha asociado con las de un hombre.

“Esto es una forma de validación social; es decir, estoy haciendo las cosas bien y las haría como cualquier hombre. ¿Por qué? Porque la forma en que se le juzga a las mujeres sobre su desarrollo de la política es mucho más compleja que la de los del hombre, y cualquier error o limitación que se pueda presentar durante su ejecución puede ser incluso más duramente cobrada en comparación con ellos”, indicó Solís.

Un reto que deben afrontar es eliminar las etiquetas feminizadas o masculinizadas en el ejercicio del poder, y avanzar hacia el valor del ejercicio público sin estereotipos, de manera que pueda restringirse lo que Ana Soto, del IEM, califica como violencia contra las mujeres en la política.

Dentro de ese enfoque de violencia, existen, según Soto, aquellas que son directas y otras más simbólicas, que pueden pasar desapercibidas o incluso se han normalizado e incluyen aislamientos en el ejercicio de sus labores, ataques a la integridad moral o control social sobre la forma de vestir o comportarse.

Bien recuerda Argentina Artavia que, durante el mandato de Laura Chinchilla, se hacían coberturas o publicaciones vinculadas con la forma de vestir o el maquillaje que utilizaba la exmandataria. En ese sentido, Ana Soto, del IEM, hizo un llamado también para que desde los medios de comunicación exista una mayor conciencia y responsabilidad para erradicar el uso de esas etiquetas.

Laura Solís ve positivo el avance normativo que otorga mayores cuotas de participación de las mujeres en la política; sin embargo, considera que el panorama ideal es que ese equilibrio se dé de manera natural. Ana Soto, por su parte, valida las acciones afirmativas, pero enfatiza en que se debe avanzar para que una verdadera participación política de las mujeres esté consciente de que se les relega a puestos con menores posibilidades de escalar en la estructura partidaria o donde tienen menos visibilidad para resaltar sus labores.

Argentina Artavia recordó que las leyes son importantes, pero se deben alcanzar nuevas conquistas “porque parece que voluntaria y gustosamente no se les cederá el poder a ellas tan fácil. Entonces tenemos que hablar de un proceso de educación y transformación. Es claro que la conciencia de género se construye con el tiempo”.

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