Reconocer las diferentes dimensiones que ha tenido el tope no es despojarlo del sentido contemporáneo que tiene, sino ampliar la visión sobre esta actividad. Foto Producciones Zárate
Cristian Chaves Jaén para UNA COMUNICA
En Costa Rica, el tope forma parte del paisaje festivo y cultural de numerosas comunidades. En Guanacaste, donde el caballo ocupa un lugar simbólico en la vida rural, esta práctica suele asociarse con identidad, celebración y encuentro social. Sin embargo, una lectura histórica invita a mirar más allá del folclor.
El investigador y académico Daniel Matul, profesor de la Sede Regional Chorotega de la Universidad Nacional (UNA), plantea que el tope no responde a un único origen, sino a un entramado de procesos históricos, económicos y sociales que se desarrollaron desde la época colonial.
Entre procesiones, ganado y fiestas públicas
Diversas interpretaciones ubican las raíces del tope en las cabalgatas coloniales, cuando los caballos formaban parte tanto de procesiones religiosas como de actividades comunitarias.
Otra explicación lo vincula con la economía ganadera. Durante la colonia, el traslado de ganado era una actividad central en pueblos como Santa Cruz y Nicoya. De acuerdo con Matul, el término “tope” aludía al momento en que jinetes y hatos se encontraban en caminos y sabanas, dinámica que con el tiempo adquirió un carácter festivo.
También se ha asociado el tope con celebraciones cívicas urbanas y con antiguas carreras de caballos en fiestas patronales, donde la competencia ecuestre evolucionó hacia desfiles ritualizados.
El ganado, eje del orden colonial
En su investigación, el académico recuerda que el ganado fue declarado bien público en las Leyes de Indias, y se convirtió en un eje estructurante del territorio colonial. La expansión de estancias y haciendas implicó procesos de despojo territorial, desplazamientos forzados y nuevas jerarquías sociales.
En este contexto, emergieron figuras como el sabanero y el vaquero, oficios ligados con el manejo del ganado y profundamente arraigados en la memoria regional. No obstante, los registros históricos también evidencian el papel fundamental de poblaciones africanas esclavizadas, que asumieron gran parte de las labores especializadas como la monta, la doma y el cuido de animales.
Fiestas, poder y control social
Documentos conservados en el Archivo General de Indias y el Archivo Nacional de Costa Rica revelan que toros y caballos eran elementos centrales en las festividades coloniales. Lejos de ser simples espacios recreativos, muchas de estas celebraciones funcionaban como mecanismos de exhibición del poder colonial.
Las poblaciones indígenas y esclavizadas eran obligadas a construir corrales, adornar calles, cuidar ganado y participar en la logística de los eventos. Incluso existen testimonios históricos que registran resistencias frente a estas imposiciones.
Una tradición construida
Desde esta perspectiva, el tope aparece no como una tradición espontánea e inmutable, sino como el resultado de un largo proceso de transformaciones y resignificaciones: economía ganadera, fiestas públicas y relaciones de dominación confluyeron en la configuración de prácticas ecuestres que, con el paso del tiempo, adquirieron nuevos significados.
Reconocer esta dimensión histórica, aclara el investigador, no implica despojar al tope de su valor cultural contemporáneo, sino comprenderlo dentro de una memoria social más amplia. “Una memoria donde conviven celebración, identidad regional y las huellas de procesos históricos complejos”, afirmó Matul.
Hoy, cuando las comunidades continúan reuniéndose alrededor del caballo y la fiesta, la reflexión histórica abre espacio para entender cómo las tradiciones también cuentan historias sobre el trabajo, el poder y la construcción de la identidad colectiva.