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América Latina: desunida y fragmentada frente a retos globales

No solo las fronteras físicas dividen hoy día a los países de América Latina. La fragmentación institucional y diplomática y la ausencia de una agenda común ponen cuesta arriba cualquier intento de trabajar como bloque, en un contexto donde Estados Unidos ha vuelto a dirigir su mirada y sus intereses hacia la región. 

El informe Riesgo político 2026 del Centro de Estudios Internacionales (CEIUC) indica que “hacia 2026, América Latina opera en un escenario de creciente fragmentación institucional que limita su capacidad de coordinación regional y de respuesta a problemas transnacionales complejos”. Varias señales apuntan en esa dirección.

Por un lado, está la pérdida de fuerza de los organismos regionales como el Mercosur, conformado por Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. “Este órgano ha enfrentado serios problemas por las diferencias entre los países miembros”, asegura Carlos Murillo, académico de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (UNA). Aunque este bloque ya suscribió un acuerdo comercial con la Unión Europea, su ratificación en cada país ralentiza su avance efectivo. 

Situación similar tienen otras instancias. La cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) junto con la Unión Europea, celebrada en Colombia el año anterior, congregó únicamente a 8 de 33 jefes de Estado: un ademán político que no puede pasar desapercibido.

La Alianza del Pacífico, del que forman parte Chile, Perú, México y Colombia no atraviesa su mejor momento, más aún cuando dos de sus integrantes (México y Perú) atraviesan una situación tirante a nivel diplomático, al punto de llegar a una ruptura de relaciones, tras el asilo concedido por el gobierno mexicano a Betssy Chaves, exprimera ministra del depuesto gobernante Pedro Castillo, y acusada de conspiración para un golpe de Estado. 

Centroamérica tampoco atraviesa sus horas más felices en sus intentos de comunión por medio de la Secretaría de Integración Económica Centroamericana (Sieca) y cuyos avances se limitan al ámbito comercial. “El multilateralismo y las instituciones internacionales atraviesan uno de sus periodos de menor desarrollo desde 1945 (fin de la Segunda Guerra Mundial)”, sentencia Murillo.

La falta de cohesión se refleja en las estadísticas. En los países de la Unión Europea, el comercio intrarregional representó un 62.4% del total versus el 37.6% al resto del mundo. Esta situación es contraria a lo que vivió América Latina en el 2023 de acuerdo con datos de la Organización Mundial del Comercio (OMC): el 92% de sus exportaciones se dirige al resto del mundo y solo el 8% es para las naciones de la propia región.  

Primero la casa

El foco de atención de los países se dirige más hacia lo interno de cada uno de ellos, sus intereses y la forma en que negocian. Esta estrategia se ve facultada por el vuelco que ha tenido la región hacia gobiernos de línea más conservadora, con tendencias autoritarias y neoliberales. 

“Eso es parte de lo que se ha dado a llamar en relaciones internacionales un estilo de liderazgo totalmente personalista, que no responde a un proyecto ideológico como lo entendíamos en el siglo pasado, ni a un esquema de integración regional, sino a una visión muy particular del líder de turno”, apuntó Murillo.

Y como en río revuelto, ganancia de pescadores, esta visión unilateral de las relaciones beneficia al presidente Donald Trump en su influencia sobre América Latina. “Su estilo es no ver a la región como un bloque consolidado, sino mantener y priorizar las relaciones bilaterales y establecer agendas con prioridades diferentes para cada uno de los países”, manifestó Murillo.

El analista asegura que el presidente norteamericano utiliza en su gestión presidencial el mismo método de negociación que aplicó en sus negocios empresariales y que le depararon éxitos de carácter comercial.

“Él está utilizando un estilo que conoce muy bien, que es del ámbito inmobiliario, en el sentido de que un agente nunca va a tratar de reunir a sus clientes para venderles una misma vivienda o un edificio. Va a manejarlo con la intención de ver cuál cliente le paga más. Existen análisis que refieren a esa estrategia de ver el mapamundi y considerar una alternativa distinta para cada uno de los casos”, detalló.

Al final de cuentas se trata de esa visión transaccional que mezcla política y economía en sus relaciones y que ha tenido matices distintos (unos más agresivos que otros) con países como Venezuela, Argentina, Honduras, Cuba, Colombia y Panamá.

La proximidad de elecciones presidenciales en Colombia (31 de mayo) y en Brasil (4 de octubre) genera una incertidumbre de si este resquebrajamiento pueda variar, más aún al tratarse de gobiernos de izquierda, que son minoría dentro de la composición política regional de esta época.

Sin embargo, Murillo prevé pocos cambios, más allá de estas elecciones. “Hoy no importa si se es de izquierdas o de derechas. Los países valoran más allá de cuestiones ideológicas, cuál es el grado de dependencia con Estados Unidos y en qué medida les pueden afectar las decisiones adoptadas por la administración Trump para sus economías y su gente”.

Incluso aunque en estos dos países se elijan gobiernos de corte progresista, existen diferencias entre estilos y en las formas en que se interrelacionan con Estados Unidos. El mejor ejemplo es la forma en que el presidente brasileño Luis Inácio da Silva ha reaccionado a las amenazas arancelarias de Trump, como forma de presión por el caso judicial del expresidente Jair Bolsonaro, a la relación que mantiene con el colombiano Gustavo Petro, más allá de la reunión bilateral sostenida el mes anterior. 

Como efecto colateral, la fragmentación regional tiene otra consecuencia: la falta de cohesión para atender problemas globales como el cambio climático, el crimen organizado o la pobreza. El informe Riesgo Político 2026 lo detalla bien: “las asimetrías económicas, la superposición de organismos regionales y la ausencia de mecanismos efectivos de implementación dificultan la adopción de compromisos comunes y arrastra a América Latina a una irrelevancia en las grandes discusiones globales.