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La Universidad frente a su propia transformación digital

La Universidad frente a su propia transformación digital

Francesc Pedró es profesor de políticas educativas de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y director del Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (IESALC).

Cuando Francesc Pedró entró al campus de la Universidad Nacional (UNA), su teléfono se conectó automáticamente a la red institucional. Para él, ese gesto cotidiano es un símbolo de algo mucho más complejo: la transformación digital que hoy desafía a las universidades.

Este 10 de marzo, en el auditorio Clodomiro Picado, Pedró, experto de la UNESCO, tuvo a cargo la Lección inaugural del año académico 2026, bajo el título La transformación digital y el reto de la inteligencia artificial en la UNA: perspectivas internacionales, donde expuso un panorama sobre las oportunidades institucionales, académicas, tecnológicas y los dilemas éticos que acompañan la transformación digital. 

“Cuando digo digitalización no me refiero a pasar documentos a PDF… me refiero a rediseñar servicios para estudiantes y docentes, las prácticas docentes y la forma en que gestionamos la institución”, detalló.

Para ilustrar hasta dónde puede llegar esa transformación, el experto citó experiencias internacionales que muestran el alcance de las tecnologías emergentes. Por ejemplo, en una universidad en China, comentó que las aulas están equipadas con sistemas de reconocimiento facial capaces de monitorear la atención de los estudiantes durante la clase. El sistema identifica si ellos miran al profesor o si tienen los ojos cerrados, y esa información se traduce en indicadores que el docente puede consultar posteriormente.

Pedró mismo reconoció que el ejemplo puede generar incomodidad. “¿Quién decide qué es estar atento? ¿Qué pasa con la privacidad de un estudiante que tiene un mal día? ¿No hay algo profundamente infantilizante en vigilar la expresión facial de un adulto para medir si está aprendiendo?”, planteó.

Para el experto, la tecnología puede ampliar las capacidades de gestión y análisis, pero también puede convertir la vida universitaria en un espacio de vigilancia permanente. “Corremos el riesgo de adoptar tecnologías porque son posibles, sin preguntarnos si son deseables desde el punto de vista pedagógico o ético”. 

A pesar de esas advertencias, Pedró sostuvo que el cambio es inevitable y responde a tendencias estructurales que están transformando el sistema universitario a escala global.

Entre esas tendencias mencionó la aceleración tecnológica posterior a la pandemia y el crecimiento del aprendizaje en línea. También enumeró la presión del mercado laboral por nuevas competencias, el avance de la inteligencia artificial y el uso cada vez mayor de datos en la gestión académica.

El mercado de educación superior en línea, por ejemplo, ya mueve cerca de 300 mil millones de dólares en el mundo. Ese crecimiento, comentó Pedró, no siempre está liderado por universidades tradicionales. “Cuando estas no responden con suficiente rapidez, el espacio lo ocupan empresas tecnológicas y plataformas educativas privadas”.

La expansión de la inteligencia artificial agrega un nuevo nivel de complejidad. Según el especialista, las aplicaciones más inmediatas incluyen evaluación automatizada, sistemas de predicción del abandono estudiantil, asistentes virtuales y tutorías inteligentes. Sin embargo, indicó que menos del 8% de los estudios sobre inteligencia artificial en educación superior analizan sus implicaciones éticas, un dato que revela la brecha entre el avance tecnológico y la reflexión institucional.

 

Desafíos

En América Latina y el Caribe, el 32% de la población aún no tiene acceso a internet, lo que equivale a cerca de 78 millones de personas. “Para una universidad pública con vocación social como la UNA, ese dato tiene implicaciones directas. La digitalización bien hecha puede democratizar el acceso al conocimiento… pero la mal hecha o la no digitalización acentuará la brecha”, dijo Pedró.

El especialista insistió en que el acceso a la conectividad debería considerarse un derecho fundamental. “Hay dos maneras de vivir hoy: con conectividad o sin ella”, afirmó en una entrevista posterior.  Ese reconocimiento implica también una responsabilidad pública. “Tenemos una deuda con las personas que se están quedando atrás… allí donde no pueda llegar su bolsillo, tenemos que llegar los demás”, agregó.

Jorge Herrera Murillo, rector de la UNA, planteó la transformación digital como un desafío estratégico para la educación superior pública.  “La transformación no se trata solamente de usar tecnología para hacer mejor lo que ya hacemos, sino de repensar lo que hacemos. Las universidades públicas tenemos la responsabilidad de asumir este proceso con pensamiento crítico, compromiso social y una clara orientación hacia el bien común” comentó.

También destacó que la transformación tecnológica atraviesa todas las funciones universitarias: la docencia, la investigación, la extensión y la gestión institucional.

Modelos híbridos de aprendizaje, analítica de datos para acompañar trayectorias educativas, nuevas modalidades de formación a lo largo de la vida y redes de investigación interdisciplinarias forman parte de ese proceso. Pero, como dijo, el debate sobre el futuro de la universidad no puede reducirse a una discusión tecnológica. “Por encima de cualquier transformación, debemos resguardar la visión social y cultural que la sociedad ha confiado históricamente en las universidades públicas”, puntualizó.

El  experto de la UNESCO considera que el verdadero desafío de la digitalización no es tecnológico, sino cultural. “La transformación digital tendría que apuntar a darnos más espacio para ser humanos”. Para él, la universidad enfrenta un problema que ninguna plataforma puede resolver por sí sola: la pérdida de vida universitaria.

“El valor de la formación profesional no está solo en el contenido académico, que cada vez circula más libremente en internet, sino en la experiencia humana que ofrece: la interacción entre estudiantes, docentes y comunidad.” Ese es, a su juicio, uno de los puntos que muchas instituciones todavía no han resuelto.

“La UNA puede ser la universidad que digitaliza para su estudiantado, para acompañar a sus administrativos y docentes, no para vigilar. La que adopta la inteligencia artificial como criterio ético, la que construye su transformación digital desde la confianza y la inclusión”. “¿Quién decide los términos?”, preguntó Pedró. Para él, la respuesta no vendrá de las grandes empresas tecnológicas, sino de las propias universidades. Fue claro en su mensaje final en que la UNA tiene el compromiso histórico, el mandato público y la capacidad intelectual para dictar sus propios términos de la transformación digital. 

La conferencia inaugural contó además con el apoyo de la Maestría en Tecnologías de la Información de la Escuela de Informática, y la Fundación para el Desarrollo Académico de la Universidad Nacional (FUNDAUNA). 

Este 10 de marzo, en el auditorio Clodomiro Picado, Pedró, experto de la UNESCO, tuvo a cargo la Lección inaugural del año académico 2026, bajo el título La transformación digital y el reto de la inteligencia artificial en la UNA: perspectivas internacionales, donde expuso un panorama sobre las oportunidades tecnológicas y los dilemas éticos que acompañan la transformación digital. 

“Cuando digo digitalización no me refiero a pasar documentos a PDF… me refiero a rediseñar servicios para estudiantes y docentes, las prácticas docentes y la forma en que gestionamos la institución”, detalló.

Para ilustrar hasta dónde puede llegar esa transformación, el experto citó experiencias internacionales que muestran el alcance de las tecnologías emergentes. Por ejemplo, en una universidad en China, comentó que las aulas están equipadas con sistemas de reconocimiento facial capaces de monitorear la atención de los estudiantes durante la clase. El sistema identifica si ellos miran al profesor o si tienen los ojos cerrados, y esa información se traduce en indicadores que el docente puede consultar posteriormente.

Pedró mismo reconoció que el ejemplo genera incomodidad. “¿Quién decide qué es estar atento? ¿Qué pasa con la privacidad de un estudiante que tiene un mal día? ¿No hay algo profundamente infantilizante en vigilar la expresión facial de un adulto para medir si está aprendiendo?”, planteó.

Para el experto, la tecnología puede ampliar las capacidades de gestión y análisis, pero también puede convertir la vida universitaria en un espacio de vigilancia permanente. “Corremos el riesgo de adoptar tecnologías porque son posibles, sin preguntarnos si son deseables desde el punto de vista pedagógico o ético”. 

A pesar de esas advertencias, Pedró sostuvo que el cambio es inevitable y responde a tendencias estructurales que están transformando el sistema universitario a escala global.

Entre esas tendencias mencionó la aceleración tecnológica posterior a la pandemia y el crecimiento del aprendizaje en línea. También enumeró la presión del mercado laboral por nuevas competencias, el avance de la inteligencia artificial y el uso cada vez mayor de datos en la gestión académica.

El mercado de educación superior en línea, por ejemplo, ya mueve cerca de 300 mil millones de dólares en el mundo. Ese crecimiento, comentó Pedró, no siempre está liderado por universidades tradicionales. “Cuando estas no responden con suficiente rapidez, el espacio lo ocupan empresas tecnológicas y plataformas educativas privadas”.

La expansión de la inteligencia artificial agrega un nuevo nivel de complejidad. Según el especialista, las aplicaciones más inmediatas incluyen evaluación automatizada, sistemas de predicción del abandono estudiantil, asistentes virtuales y tutorías inteligentes. Sin embargo, indicó que menos del 8% de los estudios sobre inteligencia artificial en educación superior analizan sus implicaciones éticas, un dato que revela la brecha entre el avance tecnológico y la reflexión institucional.

Desafíos

En América Latina y el Caribe, el 32% de la población aún no tiene acceso a internet, lo que equivale a cerca de 78 millones de personas. “Para una universidad pública con vocación social como la UNA, ese dato tiene implicaciones directas. La digitalización bien hecha puede democratizar el acceso al conocimiento… pero la mal hecha o la no digitalización acentuará la brecha”, dijo Pedró.

El especialista insistió en que el acceso a la conectividad debería considerarse un derecho fundamental. “Hay dos maneras de vivir hoy: con conectividad o sin ella”, afirmó en una entrevista posterior.  Ese reconocimiento implica también una responsabilidad pública. “Tenemos una deuda con las personas que se están quedando atrás… allí donde no pueda llegar su bolsillo, tenemos que llegar los demás”, agregó.

Jorge Herrera Murillo, rector de la UNA, planteó la transformación digital como un desafío estratégico para la educación superior pública.  “La transformación no se trata solamente de usar tecnología para hacer mejor lo que ya hacemos, sino de repensar lo que hacemos. Las universidades públicas tenemos la responsabilidad de asumir este proceso con pensamiento crítico, compromiso social y una clara orientación hacia el bien común” comentó.

También destacó que la transformación tecnológica atraviesa todas las funciones universitarias: la docencia, la investigación, la extensión y la gestión institucional.

Modelos híbridos de aprendizaje, analítica de datos para acompañar trayectorias educativas, nuevas modalidades de formación a lo largo de la vida y redes de investigación interdisciplinarias forman parte de ese proceso. Pero, como dijo, el debate sobre el futuro de la universidad no puede reducirse a una discusión tecnológica. “Por encima de cualquier transformación, debemos resguardar la visión social y cultural que la sociedad ha confiado históricamente en las universidades públicas”, puntualizó.

El  experto de la UNESCO considera que el verdadero desafío de la digitalización no es tecnológico, sino cultural. “La transformación digital tendría que apuntar a darnos más espacio para ser humanos”. Para él, la universidad enfrenta un problema que ninguna plataforma puede resolver por sí sola: la pérdida de vida universitaria.

“El valor de la formación profesional no está solo en el contenido académico, que cada vez circula más libremente en internet, sino en la experiencia humana que ofrece: la interacción entre estudiantes, docentes y comunidad.” Ese es, a su juicio, uno de los puntos que muchas instituciones todavía no han resuelto.

“La UNA puede ser la universidad que digitaliza para su estudiantado, para acompañar a sus administrativos y docentes, no para vigilar. La que adopta la inteligencia artificial como criterio ético, la que construye su transformación digital desde la confianza y la inclusión”. “¿Quién decide los términos?”, preguntó Pedró. Para él, la respuesta no vendrá de las grandes empresas tecnológicas, sino de las propias universidades.

La conferencia inaugural contó además con el apoyo de la Maestría en Tecnologías de la Información de la Escuela de Informática, y la Fundación para el Desarrollo Académico de la Universidad Nacional (FUNDAUNA). Vea la conferencia completa aquí.

La Universidad frente a su propia transformación digital
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Francesc Pedró es profesor de políticas educativas de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona) y director del Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (IESALC).

Cuando Francesc Pedró entró al campus de la Universidad Nacional (UNA), su teléfono se conectó automáticamente a la red institucional. Para él, ese gesto cotidiano es un símbolo de algo mucho más complejo: la transformación digital que hoy desafía a las universidades.

Este 10 de marzo, en el auditorio Clodomiro Picado, Pedró, experto de la UNESCO, tuvo a cargo la Lección inaugural del año académico 2026, bajo el título La transformación digital y el reto de la inteligencia artificial en la UNA: perspectivas internacionales, donde expuso un panorama sobre las oportunidades institucionales, académicas, tecnológicas y los dilemas éticos que acompañan la transformación digital. 

“Cuando digo digitalización no me refiero a pasar documentos a PDF… me refiero a rediseñar servicios para estudiantes y docentes, las prácticas docentes y la forma en que gestionamos la institución”, detalló.

Para ilustrar hasta dónde puede llegar esa transformación, el experto citó experiencias internacionales que muestran el alcance de las tecnologías emergentes. Por ejemplo, en una universidad en China, comentó que las aulas están equipadas con sistemas de reconocimiento facial capaces de monitorear la atención de los estudiantes durante la clase. El sistema identifica si ellos miran al profesor o si tienen los ojos cerrados, y esa información se traduce en indicadores que el docente puede consultar posteriormente.

Pedró mismo reconoció que el ejemplo puede generar incomodidad. “¿Quién decide qué es estar atento? ¿Qué pasa con la privacidad de un estudiante que tiene un mal día? ¿No hay algo profundamente infantilizante en vigilar la expresión facial de un adulto para medir si está aprendiendo?”, planteó.

Para el experto, la tecnología puede ampliar las capacidades de gestión y análisis, pero también puede convertir la vida universitaria en un espacio de vigilancia permanente. “Corremos el riesgo de adoptar tecnologías porque son posibles, sin preguntarnos si son deseables desde el punto de vista pedagógico o ético”. 

A pesar de esas advertencias, Pedró sostuvo que el cambio es inevitable y responde a tendencias estructurales que están transformando el sistema universitario a escala global.

Entre esas tendencias mencionó la aceleración tecnológica posterior a la pandemia y el crecimiento del aprendizaje en línea. También enumeró la presión del mercado laboral por nuevas competencias, el avance de la inteligencia artificial y el uso cada vez mayor de datos en la gestión académica.

El mercado de educación superior en línea, por ejemplo, ya mueve cerca de 300 mil millones de dólares en el mundo. Ese crecimiento, comentó Pedró, no siempre está liderado por universidades tradicionales. “Cuando estas no responden con suficiente rapidez, el espacio lo ocupan empresas tecnológicas y plataformas educativas privadas”.

La expansión de la inteligencia artificial agrega un nuevo nivel de complejidad. Según el especialista, las aplicaciones más inmediatas incluyen evaluación automatizada, sistemas de predicción del abandono estudiantil, asistentes virtuales y tutorías inteligentes. Sin embargo, indicó que menos del 8% de los estudios sobre inteligencia artificial en educación superior analizan sus implicaciones éticas, un dato que revela la brecha entre el avance tecnológico y la reflexión institucional.

 

Desafíos

En América Latina y el Caribe, el 32% de la población aún no tiene acceso a internet, lo que equivale a cerca de 78 millones de personas. “Para una universidad pública con vocación social como la UNA, ese dato tiene implicaciones directas. La digitalización bien hecha puede democratizar el acceso al conocimiento… pero la mal hecha o la no digitalización acentuará la brecha”, dijo Pedró.

El especialista insistió en que el acceso a la conectividad debería considerarse un derecho fundamental. “Hay dos maneras de vivir hoy: con conectividad o sin ella”, afirmó en una entrevista posterior.  Ese reconocimiento implica también una responsabilidad pública. “Tenemos una deuda con las personas que se están quedando atrás… allí donde no pueda llegar su bolsillo, tenemos que llegar los demás”, agregó.

Jorge Herrera Murillo, rector de la UNA, planteó la transformación digital como un desafío estratégico para la educación superior pública.  “La transformación no se trata solamente de usar tecnología para hacer mejor lo que ya hacemos, sino de repensar lo que hacemos. Las universidades públicas tenemos la responsabilidad de asumir este proceso con pensamiento crítico, compromiso social y una clara orientación hacia el bien común” comentó.

También destacó que la transformación tecnológica atraviesa todas las funciones universitarias: la docencia, la investigación, la extensión y la gestión institucional.

Modelos híbridos de aprendizaje, analítica de datos para acompañar trayectorias educativas, nuevas modalidades de formación a lo largo de la vida y redes de investigación interdisciplinarias forman parte de ese proceso. Pero, como dijo, el debate sobre el futuro de la universidad no puede reducirse a una discusión tecnológica. “Por encima de cualquier transformación, debemos resguardar la visión social y cultural que la sociedad ha confiado históricamente en las universidades públicas”, puntualizó.

El  experto de la UNESCO considera que el verdadero desafío de la digitalización no es tecnológico, sino cultural. “La transformación digital tendría que apuntar a darnos más espacio para ser humanos”. Para él, la universidad enfrenta un problema que ninguna plataforma puede resolver por sí sola: la pérdida de vida universitaria.

“El valor de la formación profesional no está solo en el contenido académico, que cada vez circula más libremente en internet, sino en la experiencia humana que ofrece: la interacción entre estudiantes, docentes y comunidad.” Ese es, a su juicio, uno de los puntos que muchas instituciones todavía no han resuelto.

“La UNA puede ser la universidad que digitaliza para su estudiantado, para acompañar a sus administrativos y docentes, no para vigilar. La que adopta la inteligencia artificial como criterio ético, la que construye su transformación digital desde la confianza y la inclusión”. “¿Quién decide los términos?”, preguntó Pedró. Para él, la respuesta no vendrá de las grandes empresas tecnológicas, sino de las propias universidades. Fue claro en su mensaje final en que la UNA tiene el compromiso histórico, el mandato público y la capacidad intelectual para dictar sus propios términos de la transformación digital. 

La conferencia inaugural contó además con el apoyo de la Maestría en Tecnologías de la Información de la Escuela de Informática, y la Fundación para el Desarrollo Académico de la Universidad Nacional (FUNDAUNA). 

Este 10 de marzo, en el auditorio Clodomiro Picado, Pedró, experto de la UNESCO, tuvo a cargo la Lección inaugural del año académico 2026, bajo el título La transformación digital y el reto de la inteligencia artificial en la UNA: perspectivas internacionales, donde expuso un panorama sobre las oportunidades tecnológicas y los dilemas éticos que acompañan la transformación digital. 

“Cuando digo digitalización no me refiero a pasar documentos a PDF… me refiero a rediseñar servicios para estudiantes y docentes, las prácticas docentes y la forma en que gestionamos la institución”, detalló.

Para ilustrar hasta dónde puede llegar esa transformación, el experto citó experiencias internacionales que muestran el alcance de las tecnologías emergentes. Por ejemplo, en una universidad en China, comentó que las aulas están equipadas con sistemas de reconocimiento facial capaces de monitorear la atención de los estudiantes durante la clase. El sistema identifica si ellos miran al profesor o si tienen los ojos cerrados, y esa información se traduce en indicadores que el docente puede consultar posteriormente.

Pedró mismo reconoció que el ejemplo genera incomodidad. “¿Quién decide qué es estar atento? ¿Qué pasa con la privacidad de un estudiante que tiene un mal día? ¿No hay algo profundamente infantilizante en vigilar la expresión facial de un adulto para medir si está aprendiendo?”, planteó.

Para el experto, la tecnología puede ampliar las capacidades de gestión y análisis, pero también puede convertir la vida universitaria en un espacio de vigilancia permanente. “Corremos el riesgo de adoptar tecnologías porque son posibles, sin preguntarnos si son deseables desde el punto de vista pedagógico o ético”. 

A pesar de esas advertencias, Pedró sostuvo que el cambio es inevitable y responde a tendencias estructurales que están transformando el sistema universitario a escala global.

Entre esas tendencias mencionó la aceleración tecnológica posterior a la pandemia y el crecimiento del aprendizaje en línea. También enumeró la presión del mercado laboral por nuevas competencias, el avance de la inteligencia artificial y el uso cada vez mayor de datos en la gestión académica.

El mercado de educación superior en línea, por ejemplo, ya mueve cerca de 300 mil millones de dólares en el mundo. Ese crecimiento, comentó Pedró, no siempre está liderado por universidades tradicionales. “Cuando estas no responden con suficiente rapidez, el espacio lo ocupan empresas tecnológicas y plataformas educativas privadas”.

La expansión de la inteligencia artificial agrega un nuevo nivel de complejidad. Según el especialista, las aplicaciones más inmediatas incluyen evaluación automatizada, sistemas de predicción del abandono estudiantil, asistentes virtuales y tutorías inteligentes. Sin embargo, indicó que menos del 8% de los estudios sobre inteligencia artificial en educación superior analizan sus implicaciones éticas, un dato que revela la brecha entre el avance tecnológico y la reflexión institucional.

Desafíos

En América Latina y el Caribe, el 32% de la población aún no tiene acceso a internet, lo que equivale a cerca de 78 millones de personas. “Para una universidad pública con vocación social como la UNA, ese dato tiene implicaciones directas. La digitalización bien hecha puede democratizar el acceso al conocimiento… pero la mal hecha o la no digitalización acentuará la brecha”, dijo Pedró.

El especialista insistió en que el acceso a la conectividad debería considerarse un derecho fundamental. “Hay dos maneras de vivir hoy: con conectividad o sin ella”, afirmó en una entrevista posterior.  Ese reconocimiento implica también una responsabilidad pública. “Tenemos una deuda con las personas que se están quedando atrás… allí donde no pueda llegar su bolsillo, tenemos que llegar los demás”, agregó.

Jorge Herrera Murillo, rector de la UNA, planteó la transformación digital como un desafío estratégico para la educación superior pública.  “La transformación no se trata solamente de usar tecnología para hacer mejor lo que ya hacemos, sino de repensar lo que hacemos. Las universidades públicas tenemos la responsabilidad de asumir este proceso con pensamiento crítico, compromiso social y una clara orientación hacia el bien común” comentó.

También destacó que la transformación tecnológica atraviesa todas las funciones universitarias: la docencia, la investigación, la extensión y la gestión institucional.

Modelos híbridos de aprendizaje, analítica de datos para acompañar trayectorias educativas, nuevas modalidades de formación a lo largo de la vida y redes de investigación interdisciplinarias forman parte de ese proceso. Pero, como dijo, el debate sobre el futuro de la universidad no puede reducirse a una discusión tecnológica. “Por encima de cualquier transformación, debemos resguardar la visión social y cultural que la sociedad ha confiado históricamente en las universidades públicas”, puntualizó.

El  experto de la UNESCO considera que el verdadero desafío de la digitalización no es tecnológico, sino cultural. “La transformación digital tendría que apuntar a darnos más espacio para ser humanos”. Para él, la universidad enfrenta un problema que ninguna plataforma puede resolver por sí sola: la pérdida de vida universitaria.

“El valor de la formación profesional no está solo en el contenido académico, que cada vez circula más libremente en internet, sino en la experiencia humana que ofrece: la interacción entre estudiantes, docentes y comunidad.” Ese es, a su juicio, uno de los puntos que muchas instituciones todavía no han resuelto.

“La UNA puede ser la universidad que digitaliza para su estudiantado, para acompañar a sus administrativos y docentes, no para vigilar. La que adopta la inteligencia artificial como criterio ético, la que construye su transformación digital desde la confianza y la inclusión”. “¿Quién decide los términos?”, preguntó Pedró. Para él, la respuesta no vendrá de las grandes empresas tecnológicas, sino de las propias universidades.

La conferencia inaugural contó además con el apoyo de la Maestría en Tecnologías de la Información de la Escuela de Informática, y la Fundación para el Desarrollo Académico de la Universidad Nacional (FUNDAUNA). Vea la conferencia completa aquí.