La sentencia es clara: cualquier transformación estructural del mundo tal y como se conoce hoy, requerirá el abandono y la sustitución de los combustibles fósiles. Este paso es indispensable, si se quiere “mantener un mundo habitable”.
Así de elocuente fue Murat Arsel, académico del International Institute of Social Studies, de la universidad Erasmus Rotterdam de Países Bajos. El profesor brindó la lección inaugural de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (UNA) titulada From the Truman Doctrine to the Trump Doctrine: Development under the Shadows of a Rising China and Climate Change. La actividad se realizó el 25 de febrero en el auditorio Clodomiro Picado Twight.
“Tenemos que llegar a un punto en el que ya no extraigamos ni usemos petróleo, carbón ni gas dentro de 20 o 30 años. Si no lo hacemos, el planeta se calentará tanto que las cosas se volverán mucho más impredecibles”, indicó Arsel.
El Acuerdo de París del 2015, de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP) estableció en aquel momento que todas las naciones debían reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero para limitar el aumento de la temperatura global en este siglo a dos grados.
Sin embargo, informes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) indicaron el año anterior que las temperaturas globales probablemente superarán el umbral de 1.5 grados en la próxima década. De igual manera, las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (los planes climáticos de cada país), son calificadas como “insuficientes” por parte de la ONU.
Ante el desafío global vinculado con el cambio climático, Mural Arsel comparó la “imprevisibilidad, la rareza y la volatilidad” de la administración de Donald Trump en Estados Unidos frente a la construcción de una nueva China, algo “nada parecido a los ocurrido en miles de años de historia”.
Frente a un auditorio colmado de estudiantes, el académico reconoció que el orden internacional basado en reglas vive momentos de agonía. Pero fue más allá aún, al considerar que este modelo siempre se ha tratado de una ficción, donde al final los países más grandes terminan tomando las decisiones, según sus propios intereses.
En medio de ello, estima que el mundo vive una espiral de incertidumbre entre ese viejo orden que está por caer y uno nuevo que no se conoce aún. “¿Quién ha dicho que nos movemos hacia algo mejor? ¿qué pasa si este momento que vivimos ahora de caos, tal vez de dominio estadounidense o chino, ya no habrá un nuevo orden internacional? No hay nada que garantice que estemos frente a una transición”, advirtió.

China y su visión climática
Ese avance de un mundo con vendas en los ojos se configuró a partir de la historia reciente. El modelo liberal, de apertura al comercio global y al respeto a las reglas, que lideró Estados Unidos después de la II Guerra Mundial, abrió el paso hacia una visión donde se creía que la nación norteamericana seguiría la ruta de la innovación, mientras que otros países, como China y demás naciones pobres, se encargarían de la producción.
“Se pensó que China solo fabricaría lo que Estados Unidos diseñaba. Pero resultó que también podían diseñar cosas. Es simple. Los estadounidenses nunca pensaron que el libre comercio que defendían iba a enriquecer a los chinos”, manifestó Arsel.
Esto ha creado una presión política, social, económica y hasta psicológica, al ver cómo la industria manufacturera y la creación de empleos se ha trasladado a la nación asiática.
De ahí nace, como respuesta, la visión de una “América primero”. Al respecto, el académico asegura que “Estados Unidos ya no finge, mientras que los europeos no saben qué hacer al respecto. Trump ha dejado de fingir que el sistema internacional es uno donde todos ganan”.
Mientras tanto, China sigue adelante con sus planes de modernización que inició desde 1978. Al revisar los planes quinquenales sobre energía renovable, este país ha definido objetivos y metas puntuales para su consumo de energía no fósil, con importantes proyectos de infraestructura solar y eólica.
En la actualización periódica de cada plan, los chinos incrementan las metas de consumo de energías renovables. En la última versión, la meta fue llegar a un 20%; sin embargo, se estima que en el próximo documento superarán el 25%.
“Hace 15 años anunciaron que se convertirían en líderes mundiales de carros eléctricos y en la producción de paneles solares. Y ahora lo han hecho; ya todo está escrito, planeado y diseñado por el capitalismo del Estado chino. Y Estados Unidos se ha dado cuenta de esto y por eso es que el orden internacional ya no les funciona”, describió el experto.
Países como Corea del Sur y Taiwán han seguidos sus pasos y, ante ello, el académico se pregunta si el modelo chino de energías renovables se puede replicar en todo el mundo. No es tarea sencilla, asegura.
“Si Costa Rica, Uganda, Ecuador, Indonesia y Turquía se industrializan como China, tendrán que encontrar un espacio en el mundo donde puedan crear empleos bien remunerados en las áreas de manufactura o servicios. Y tendrán que hacerlo sin destruir el clima global”, afirmó Arsel.
El panorama luce complejo: Estados Unidos ha recortado los programas de ayuda a países en desarrollo, mientras que en el horizonte lucen propuesta políticas que proponen el extractivismo de recursos naturales para atender problemas de corto plazo y la geopolítica se mueve en el péndulo de la inestabilidad y la crisis (al momento de esta conferencia, por ejemplo, no había estallado el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán).
El rector de la UNA, Jorge Herrera, coincide en que la competencia estratégica entre Estados Unidos y China no es solo comercial. “Abarca cadenas de suministro, inteligencia artificial, infraestructura digital, influencia política y modelos desarrollo”.
Marco Vinicio Méndez, director de la Escuela de Relaciones Internacionales de la UNA, estima que “para China, la transición energética representa no solo un compromiso ambiental, sino también una oportunidad estratégica. En contraste, para Estados Unidos, la prioridad parece ser la continua consolidación de su industria petrolera, ignorando la situación ambiental global”.