Hace exactamente 35 años, a las 3:57 de la tarde de un lunes cualquiera, la tierra se abrió bajo los pies de miles de costarricenses.
Por. Esteban J. Chaves, Director, OVSICORI-UNA
El 22 de abril de 1991, un terremoto de magnitud 7,7 sacudió el Valle de la Estrella, en Limón, y se convirtió en el sismo más fuerte jamás registrado en la historia de Costa Rica. El movimiento se sintió desde Tegucigalpa, Honduras, hasta Ciudad de Panamá, e incluso en la isla de San Andrés, Colombia. Dejó 48 personas fallecidas y 651 heridas en territorio costarricense; del lado panameño, 79 muertos y más de mil heridos. Colapsó 4.452 estructuras, dañó casi 8.000 viviendas y obligó a reconstruir 309 kilómetros de carreteras.
Pero este texto no es solo para recordar la tragedia. Es para hablar de lo que construimos después desde el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (OVSICORI) y la Universidad Nacional, de lo que hoy damos por un hecho y de lo que estamos a punto de perder.
Un país que tembló entero
El epicentro se ubicó a 36 kilómetros al sur-suroeste de la ciudad de Limón, en el Valle de la Estrella, a una profundidad focal somera de aproximadamente 20 kilómetros. Esa poca profundidad es una de las razones por las que el sacudimiento resultó tan destructivo: la energía liberada tuvo muy poco trayecto entre la fuente y la superficie.
La ruptura sísmica ocurrió sobre una falla de cabalgamiento de bajo ángulo perteneciente al Cinturón Deformado del Norte de Panamá (CDNP), una estructura tectónica compresiva asociada a la convergencia entre la placa Caribe y la microplaca de Panamá, que avanzan una contra la otra a una tasa del orden de 20 mm/año. El plano de falla, con buzamiento hacia el sur, se rompió a lo largo de unos 40 a 50 kilómetros, con un desplazamiento cosísmico promedio de cerca de 2 metros y una duración de ruptura del orden de 20 a 25 segundos. El mecanismo focal, de tipo inverso, es consistente con el régimen tectónico de acortamiento que caracteriza al CDNP y explica tanto el levantamiento cosísmico de la línea de costa como la generación del tsunami local.
Los daños cubrieron un área de 8.000 km², equivalente al 80% del territorio costarricense y al 20% del panameño.
Los efectos geológicos fueron extraordinarios. La línea de costa del Caribe costarricense se levantó hasta 1,85 metros en las cercanías de Limón, cambiando para siempre la geografía litoral. Un tsunami local golpeó la costa sur del Caribe con olas de hasta 2 metros. Cerca de 3.000 km² fueron devastados por licuefacción de suelos en las tierras bajas, y otros 2.000 km² sufrieron deslizamientos de tierra que sepultaron caminos, viviendas y esperanzas.
El terremoto de Limón nos recordó que Costa Rica vive sobre una de las regiones tectónicamente más activas del planeta, donde interactúan las placas de Cocos, Caribe, la microplaca de Panamá y la placa de Nazca. Comprender esas fuerzas no es un lujo académico: es una necesidad de supervivencia.
Lo que no teníamos en 1991
Cuando el suelo tembló aquel lunes de abril, Costa Rica no contaba con la capacidad de monitoreo que tiene hoy. Las redes sísmicas del país operaban con un número reducido de estaciones, distribuidas principalmente a lo largo de la costa Pacífica y el Valle Central. La zona Caribe, precisamente donde ocurrió el terremoto, era prácticamente un punto ciego instrumental.
La instrumentación disponible dependía de equipos analógicos con limitaciones mecánicas severas. No existía la capacidad de localizar un sismo en tiempo real ni de comunicar a la población en cuestión de minutos qué había ocurrido, dónde y con qué magnitud. La ciencia tenía que esperar días, a veces semanas, para analizar los datos. La población, mientras tanto, dependía del rumor y la incertidumbre.
Fue precisamente esa carencia la que impulsó al país a fortalecer sus capacidades. El OVSICORI, creado en 1984 como instituto de investigación de la Universidad Nacional, recibió tras el terremoto de 1991 un impulso decisivo para expandir su red instrumental y consolidarse como pilar del monitoreo sísmico y volcánico nacional.
En 1991, después de un terremoto de magnitud 7,7, había que esperar. Hoy, después de un sismo de magnitud 3, la información llega en menos de un minuto. Esa diferencia no es magia: son décadas de inversión, ciencia e institucionalidad.
Lo que construyó el OVSICORI: una infraestructura invisible pero vital
En los 35 años transcurridos desde aquel terremoto, el OVSICORI y la Universidad Nacional construyeron algo que la mayoría de los habitantes del país desconoce pero de lo cual depende cada día: la red geodinámica más grande y moderna de América Latina.
El OVSICORI opera hoy 110 estaciones sísmicas de alta sensibilidad, cada una con una inversión aproximada de 32.000 dólares, lo que representa una infraestructura valorada en cerca de 2,88 millones de dólares solo en sensores. A eso se suman redes geodésicas con estaciones GNSS de precisión milimétrica, sensores de infrasonido, multigas, DOAS y otros para el monitoreo de la dinámica volcánica y la generación de sistemas de alerta temprana ante terremotos y erupciones volcánicas.
Esta red no solo registra temblores. Es la base sobre la que se construye el conocimiento científico que permite caracterizar las fallas tectónicas del país y entender su comportamiento, elaborar los mapas de amenaza sísmica que orientan los códigos de construcción, desarrollar y operar sistemas de alerta temprana, publicar catálogos sísmicos e investigaciones que posicionan a Costa Rica como referente regional, e informar a la población en tiempo real, reduciendo el pánico y fortaleciendo la cultura de prevención.
El OVSICORI, junto con las demás redes sísmicas del país, ha construido a lo largo de décadas un catálogo sísmico histórico que es, literalmente, la memoria tectónica de Costa Rica. Cada sismo registrado, por pequeño que sea, es un dato que alimenta modelos, valida hipótesis y salva vidas futuras. Un ejemplo reciente: en 2025 y 2026, investigadores del OVSICORI identificaron un sistema activo de fallas corticales poco profundas responsable de sismos percibidos en el área urbana de la capital, un hallazgo posible únicamente porque existían estaciones registrando datos de manera continua.
Cuando usted abre su celular y lee “sismo de magnitud 4,2 a 15 km de profundidad, epicentro en Quepos” a los pocos segundos de haber sentido el temblor, está viendo el resultado de décadas de trabajo científico del OVSICORI y de las redes sísmicas nacionales: millones de colones invertidos en estaciones, sensores, telecomunicaciones y capital humano.
Lo que estamos a punto de perder
En 2023 venció el financiamiento proveniente del Fondo Nacional de Emergencias que sostenía buena parte de la operación del OVSICORI. Esos fondos eran esenciales para adquirir, mantener y expandir la instrumentación sísmica y geodésica, así como para operar los sistemas de alerta temprana. Los recursos se destinaban exclusivamente a la expansión y mantenimiento de la red. Desde su vencimiento, el OVSICORI opera en condiciones de precariedad creciente.
Sin financiamiento estable, las estaciones se deterioran. Los sensores fallan y no se reemplazan. Las telecomunicaciones se interrumpen. Las zonas que hoy tienen cobertura vuelven a convertirse en puntos ciegos, exactamente como lo era el Caribe en 1991. Una red de 90 estaciones que costó millones de dólares y décadas de trabajo científico puede quedar reducida a un puñado de equipos obsoletos en pocos años.
El principio es sencillo pero demoledor: sin estaciones sismológicas no hay datos. Sin datos no hay investigación científica. Sin investigación no hay conocimiento. Y sin conocimiento, el próximo terremoto nos encontrará tan ciegos como en 1991.
No se trata solamente del OVSICORI. La fragilidad financiera afecta al conjunto de las redes de monitoreo sísmico, volcánico y meteorológico del país. Pero es el OVSICORI, con la red geodinámica más extensa de la región, quien enfrenta el riesgo más inmediato y cuya paralización tendría las consecuencias más graves para la capacidad de alerta del país.
La red instrumental de monitoreo sísmico y volcánico del OVSICORI representa una inversión de millones de dólares que la Universidad Nacional y el país han construido a lo largo de décadas. Dejar que se deteriore por falta de unos cientos de millones de colones anuales no es austeridad: es negligencia.
Una solución sobre la mesa
En la Asamblea Legislativa reposa el expediente 24.738, un proyecto de ley que propone financiar de manera permanente a las instituciones de monitoreo a través de una contribución del 0,60% sobre las primas de seguros de vida, salud e incendio comercializados en el país.
De aprobarse, el OVSICORI recibiría el 35% de esos fondos, equivalente a unos ¢600 millones anuales, destinados exclusivamente a la adquisición de equipos y la expansión de la red de monitoreo.
Para dimensionarlo: el costo anual de mantener toda la red del OVSICORI es una fracción mínima de lo que costaría un solo desastre sin alerta, sin datos, sin preparación. El terremoto de 1991 causó daños estimados en cientos de millones de dólares. La inversión en prevención siempre será más barata que la reconstrucción.
Una deuda con la memoria y con el futuro
Hoy, 22 de abril de 2026, se cumplen 35 años del terremoto del Valle de la Estrella. Es un buen día para recordar a quienes perdieron la vida. Pero es también un día necesario para preguntarnos: ¿hemos honrado esa memoria?
El OVSICORI y la Universidad Nacional, junto con las demás redes sísmicas del país, construyeron con esfuerzo y visión una de las capacidades de monitoreo más completas de América Latina. Hoy podemos localizar un sismo en menos de un minuto, emitir alertas y proveer información confiable a millones de personas. Eso no ocurrió por casualidad. Ocurrió porque hubo científicos, técnicos e instituciones que entendieron que la ciencia es la primera línea de defensa ante los desastres naturales.
Pero esa primera línea de defensa se está debilitando. Cada estación del OVSICORI que deja de funcionar es un pedazo de país que vuelve a quedar a oscuras. Cada año sin financiamiento estable es un año en que el deterioro avanza y la capacidad de respuesta retrocede.
La pregunta no es si habrá otro terremoto en Costa Rica. La pregunta es cuándo. Y cuando llegue, la única diferencia entre una tragedia y una emergencia bien gestionada será la información. Información que solo existe si hay estaciones registrando, científicos analizando e instituciones funcionando.