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Genocidio en Gaza reproduce una “teología de crueldad”

Ezziden Shehab tiene 31 años y estudió medicina en Irán, aunque nació en el norte de Gaza. Por esas cosas del destino, regresó a su ciudad natal apenas unos pocos días antes del 7 de octubre de 2023. La fecha en el calendario marcaría una experiencia traumatizante y a la vez de un gran humanismo, al prestar como voluntario sus servicios médicos en el Hospital Indonesio.

El ataque del ejército israelí en respuesta al ataque perpetrado por Hamás aquel día, abriría a fuego y dolor el destino de una ciudad que ya ha cobrado la vida de 73.400 personas y ha dejado a otras 174.335 con heridas de diversa índole.

El genocidio no cesa. Hace pocos días un ataque de Isarel a una cafetería dejó como saldo siete personas fallecidas, entre ellas a un niño, mientras el ministro de Seguridad de este país, Itamar Ben Gvir, propone que cada día se asesine a “entre 30 y 40 personas por noche”.

La vida de Shehab nunca fue la misma. “Ya no soy médico, soy testigo del lento asesinato de la dignidad; de una tierra donde la medicina es una broma cruel y la supervivencia un pecado”, escribió en el libro Diario de un joven médico, donde relata la realidad que le ha correspondido vivir en carne propia. 

Él utiliza en ese fragmento de su texto una palabra clave: crueldad. En la Universidad Nacional (UNA), y por invitación de la Escuela de Filosofía, la académica Silvana Rabinovich, investigadora del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Autónoma de México (UNAM), empleó ese término para describir la situación que se vive en este territorio.

Rabinovich participó, entre el 3 y el 6 de agosto, en una serie de actividades en la UNA que incluyó el seminario Pensar lo humano en tiempos de genocidio, así como en la exposición Elementos para una descolonización de la teología política.

Desde su perspectiva, transcurridos ya más de 1.000 días desde la incursión israelí en Gaza bajo el pretexto de ubicar a combatientes de la milicia de Hamás, lo que se ha reproducido es una “teología de la crueldad” que tiene un ritual: el del abandono, y un sacramento: el de la indiferencia.

Aunque no es un concepto académica y teológicamente consolidado, sí hace referencia al uso de la crueldad de manera indiscriminada, “que se practica como un fin en sí mismo y donde existe conciencia de padecimiento en el victimario”, describió Silvana Rabinovich.

La pérdida de esa condición básica de humanismo es lo que ha caracterizado la operación militar en la zona. “Las víctimas no son sujetos. Son figuras de subyugación”, reafirmó.

No basta, desde su perspectiva, que en 1948 los países alrededor de la Organización de Naciones Unidos (ONU) hayan acogido la Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio.

Sobre los hombros de Benjamin Netanyahu pesa una acusación de la Corte Penal Internacional (CPI) por los presuntos delitos de crímenes de guerra y de lesa humanidad en Gaza, entre otras causas, y se aferra ahora a la esperanza de alcanzar un nuevo mandato en las elecciones parlamentarias de octubre, con el apoyo de las facciones más derechistas del espectro político de Israel. 

Mientras tanto, hoy, al recorrer más de una cuarta parte del siglo XXI, el delito de genocidio se reconfigura con el uso de la tecnología. Rabinovich lo califica como un “genocidio algorítmico”, a partir de la capacidad de los drones que sobrevuelan sobre sus objetivos humanos, “pero que matan a la persona que están buscando en su casa y a todos los miembros de su familia que están alrededor”, manifestó. 

Secuelas de la crueldad

De no llegar a un acuerdo consistente de paz para la Franja de Gaza, donde en estos momentos el yerno del presidente de Estados Unidos funge como interlocutor con la propuesta planteada por Donald Trump, en octubre se cumplirían tres años del inicio de este drama humanitario.

Mientras tanto, las secuelas de la crueldad van dejando una estela de dolor, que se suma a la pérdida de miles de vidas inocentes, muchos de ellos niños y niñas. 

De acuerdo con Silvana Rabinovich se han presentado por ejemplo hasta 17 mil infecciones provocadas por males transmitidos por ratas. Esta situación se agrava con la destrucción de infraestructura hospitalaria a raíz de los ataques a mansalva. El propio doctor Shehab, como parte de su labor de voluntariado y junto con otros médicos, fundaron el centro médico Al-Rahma, al norte de Gaza, que fue destruido en junio de 2025.

La cultura y la educación también han sido blanco de la desolación generada. En total, 620 laboratorios o instalaciones universitarias especializadas han sido destruidas o gravemente dañadas.

A ese inventario se suman 13 bibliotecas públicas, ocho editoriales o imprentas, 1.112 profesores universitarios asesinados, detenidos o heridos y que representan hasta un 22% de la fuerza laboral y que se suman a los 1.333 estudiantes fallecidos desde el inicio de los ataques. 

“Debemos asumir una responsabilidad y parar esa relación de subyugar al otro y que tiene que ver con ese sacramento de la indiferencia, que es estremecedor”, agregó la experta.

Rabinovich usa términos como “ecocidio” y “culturicidio” los efectos de esa crueldad. Enfrente, hay resistencia. Los rectores de tres universidades sin fines de lucro de Gaza firmaron un documento en el que indican que “a pesar de la destrucción física de campus, laboratorios, bibliotecas y otras instalaciones y el asesinato de nuestros estudiantes y colegas, nuestra universidades siguen existiendo”.

Es lo que inspirará a personas como Ahmed Abu Amsha, un músico gazatí, a seguir enseñando a niños de esta ciudad a crear canciones a partir del ruido que generan los drones que sobrevuelan en su entorno. Es quizás irónico y hasta surrealista, pero es el reflejo de una esperanza que no se muere.