La “mancha naranja”, como se le conoce al avance de gobiernos de extrema derecha en la región latinoamericana, se extiende sin frenos y contrapesos. Los recientes triunfos electorales de José Antonio Kast en Chile y de Abelardo de la Espriella, en Colombia, dan fe de ello, frente a la complacencia de Estados Unidos.
El margen de acción de gobiernos progresistas o centristas ha quedado relegado. Y Brasil, una de las últimas naciones que se sostienen frente a esa corriente, tendrá un reto invaluable el próximo 4 de octubre, cuando más de 158 millones de personas acudan a las urnas para elegir a su próximo presidente.
Más allá de pensar en una reelección de Luiz Inácio Lula Da Silva, para un cuarto periodo presidencial por el Partido de los Trabajadores (PT), o de un triunfo de Flávio Bolsonaro (hijo del detenido expresidente Jair Bolsonaro), el tema central es la ruta política que tomará el gigante sudamericano, entre dos modelos opuestos.
De momento, Lula parece tomar la delantera. Las encuestas determinan en su mayoría una ventaja de cinco puntos porcentuales sobre Bolsonaro, a pocas semanas de las elecciones. Empero, nada está escrito aún, mientras que una segunda ronda electoral se asoma en el horizonte, ante la posibilidad de que ningún candidato alcance el mínimo del 50% de votos válidos para alzarse con la victoria.
La realidad política brasileña fue abordada en el conversatorio Un panorama actual de Brasil: disputas políticas y electorales y la definición de la agenda exterior, organizado por la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (UNA).
La charla la impartió José Luis Niemeyer dos santos Filho, economista y doctor en Ciencias Políticas del Instituto Brasileño de Mercado de Capitales (Ibmec) de Brasil.
Roy Mora, coordinador académico de la Escuela de Relaciones Internacionales de la UNA, destacó el papel estratégico que cumple Brasil en el entorno regional. “Se trata de uno de los países más densamente poblados de América Latina, y con un gran protagonismo por el tamaño de su economía, la integración regional con Suramérica; además, es parte de los BRICS y con un posicionamiento fuerte en temas de recursos naturales por la protección de la Amazonía”, contextualizó el académico.
“Napoleones de circo”
El avance de los gobiernos de derecha en la región no ha sido homogénea en cuanto a sus apoyos. Los recientes triunfos de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú, denotan una alta polarización. Pero entonces, si se cumpliera el vaticinio de las encuestas y Lula obtuviera el triunfo, ¿cómo se explica la resistencia brasileña frente a esta ola de gobiernos con tintes de autoritarismo?
Para José Luis Niemeyer existen varios factores. Uno de ellos tiene que ver con una comprensión más homogénea de la realidad política en los grupos de izquierda. Aunque reconoce que en ambos espectros (izquierda y derecha) pueden existir radicalismos que atenten contra las ideas liberales, en Brasil esas facciones tienden a estar más moderadas en el ala progresista.
Por otra parte, la derecha en Brasil se encuentra más atomizada. “Usted encuentra dos tipos de derecha: aquella que es más institucionalizada, liberal en la economía y otra a la que yo llamo la de los ‘napoleones de circo’, populista, que busca la destrucción de las instituciones”, afirmó.
Para el académico, esta realidad es la que viven otros países y es allí donde considera que la cautela debe primar a la hora de tomar decisiones de índole electoral. “Las instituciones debemos transformarlas, pero no destruirlas. Muchas veces queremos que las cosas cambien y rápido. Pasa en Costa Rica y en Brasil. Pero eso tiene que ocurrir en el tiempo de la democracia y en la mayoría de ocasiones, no es el mismo tiempo de las personas”, reflexionó Niemeyer.

Desde su perspectiva, la erosión republicana y democrática es un proceso que se va construyendo con el tiempo. Muestra de ello es que los acontecimientos del 8 de enero de 2022, con el intento de golpe de Estado liderado por Jair Bolsonaro, fue el resultado de la acumulación de más de dos años de ataques sistemáticos a la institucionalidad y que tuvo su clímax en aquel suceso.
Otra diferencia que podría inclinar la balanza en este proceso electoral tiene que ver con las características propias de los candidatos. José Luis Niemeyer no califica a Lula como un político de izquierda, sino como una persona muy hábil que trabaja de manera acertada la intermediación entre capital y trabajo.
“Existen grupos cercanos al presidente: socialdemócratas, marxistas, pero Lula tiene una fuerza muy grande en la agenda presidencial. Entonces, yo no tengo duda de que tendrá la capacidad de hablar con banqueros, hacendados, industriales, grupos sociales. Es un líder con mucha sensibilidad social”, afirmó.
En la otra acera, Flávio Bolsonaro carece de esas cualidades. Además, la reciente vinculación del candidato con el banquero Daniel Vorcaro, vinculado con escándalos de fraude y soborno, han sacudido su campaña y los apoyos recibidos, lo que se ha reflejado en las encuestas.
La situación geopolítica y la influencia de Estados Unidos a través del “Escudo de las Américas”, para consolidar alianzas en materia de seguridad con gobiernos afines a Donald Trump, no pasa desapercibido dentro de esta coyuntura. Al respecto, Niemeyer mira el entorno con optimismo, a sabiendas de que Trump podría quedar debilitado en las elecciones legislativas de noviembre, al entrar además en la recta final de su mandato.
La resistencia brasileña ante la presión estadounidense no le ha impedido asumir aranceles del 25% sobre sus exportaciones, que afectan hasta 5.000 productos de consumo, mientras continúan pendientes otras investigaciones comerciales que podrían elevar ese porcentaje.
Con este panorama Brasil se apresta a asistir a la urnas entre la decisión de subirse a la cresta de la ola naranja o mantener una posición de disrupción frente al fenómeno de las extremas derechas que se han expandido en América Latina.