Para Efrén Irigoyen Lanzas el mundo comenzó a abrirse palabra por palabra. Lo que antes era un muro de letras confusas, hoy es un proceso que describe como “bonito”. Al igual que él, decenas de estudiantes de la Escuela Finca San Juan, en Pavas, están redescubriendo el poder de la lectoescritura gracias a una alianza estratégica entre el centro educativo y la Universidad Nacional (UNA).
El camino no ha sido sencillo, pero los resultados ya se sienten en las aulas. Efrén, quien basó su aprendizaje en las vocales y el abecedario, cuenta con orgullo cómo ahora puede formar palabras como masa, pala y mata. Aunque confiesa que en la escritura aún se desenvuelve “apenitas”, el sentimiento de leer un poquito de lo que se le presenta marca un antes y un después en su vida escolar.
Por su parte, Jaslin Boza González no esconde su alegría. Se siente muy feliz al aprender oraciones y palabras como dado, dedo y codo. Para ella, la clave es el juego: armar frases, pintar, recortar y formar letras con tizas y papelitos con las que convirte el aprendizaje en una experiencia “tan linda” que también llena de felicidad a sus padres.
Esta transformación es posible gracias a la implementación de la estrategia de aprendizaje-servicio, coordinada por la académica Lía Anchía Angulo, del Centro de Investigación y Docencia en Educación (Cide) de la UNA. El proyecto, que ya suma tres años y dos generaciones de estudiantes universitarios, atiende actualmente a 20 niños y niñas con un importante rezago lectoescritor.
Mariana Cambronero Castillo, estudiante de tercer nivel de docencia en la UNA, es una de las facilitadoras que lleva la teoría a la práctica. Durante cinco semanas de trabajo intensivo logró que estudiantes que inicialmente confundían sonidos o aglutinaban palabras, lograran identificar correctamente las letras y escribir palabra por palabra.
Cambronero Castillo destaca que muchas veces las dificultades no radican en la capacidad del niño, sino en la necesidad de una mediación pedagógica que incorpore el cuerpo y el tacto. “No es que a los niños se les dificulte, es que hay una mala mediación desde el aula, por lo que es importante ir trabajando con los estudiantes, utilizando diferentes técnicas como lo son el cuerpo, el tacto para que ellos logren interiorizar el conocimiento y sí, se avanza bastante si existe una buena mediación”.
El pilar de la biblioteca escolar
Una pieza fundamental es Yamileth Fallas Ureña, la bibliotecóloga de la escuela. A pesar de no ser docente de profesión, su amor por los niños la llevó a formarse en los talleres impartidos por la UNA para dar continuidad al apoyo educativo. “Qué bonito que muchas personas pudieran ayudar y que se integren a esta formación, cuesta mucho cambiar la estrategia de aprendizaje, pero hay que hacerlo. Ellos (los estudiantes) lo necesitan, lo requieren, por eso tenemos que apoyarlos siempre y en todo lo que se pueda”, recordó.
La bibliotecóloga describe su labor como algo muy maternal y hace un llamado urgente a los padres de familia para que fomenten la lectura en casa y, con ello, a desarrollar un pensamiento crítico.
Este proyecto surge en un contexto crítico para el país. Según el X Informe Estado de la Educación 2025, el 77% de los estudiantes de 15 años se ubica en niveles mínimos o inferiores de competencia lectora. La situación, agravada por las interrupciones educativas de los últimos años, genera una pobreza de aprendizaje donde más de la mitad de los niños de cuarto grado no logran comprender un texto simple.
Ante esta realidad, la colaboración entre la educación pública y la educación superior se vuelve vital. Como señala la académica Anchía Angulo: “Las universidades necesitan garantizar que una capacidad se convierta en habilidad y que esa habilidad se transforme en competencia. Ese espacio de colaboración aprovechado mediante la estrategia aprendizaje-servicio con la escuela pública es también un caldo de cultivo para ese fin. Contribuye al despliegue de competencias y actitudes acordes con la misión de la UNA: ser una universidad necesaria”.
El éxito de este modelo en la Escuela Finca San Juan se presentará próximamente en el programa de Buenas Prácticas del Ministerio de Educación Pública (MEP), como un ejemplo de que, con compromiso y estrategias adecuadas, es posible cerrar las brechas de aprendizaje en las comunidades del país que más lo necesitan.