Con solo ingresar a la sala de la casa de Fabiola Del Cid lo primero que se encontrará un visitante es con unos coloridos cojines que representan el arte textil de su amada Guatemala.
Lo mismo ocurre con Marilena Muñoz, de Panamá. Aunque no lo luce a la vista, resguarda con recelo y cariño la batea de madera artesanal que se trajo de su país y que sirve para la preparación de alimentos.
No son un cojín o un utensilio cualquiera. Representan objetos con un simbolismo especial que las conecta con sus países de origen, al que dejaron por alguna razón especial, como la hacen los millones de migrantes en todo el mundo.
El Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) dedicó varios días a explorar la perspectiva más humana de ser migrante. Lo hizo durante la XI Semana Latinoamericana II Jornadas sobre movilidades forzadas y memoria en Centroamérica, que se llevó a cabo en la Universidad Nacional (UNA).
Una de las exposiciones la impartió Ana Silvia Monzón, académica de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en Guatemala, quien compartió los alcances de su proyecto Entre el olvido y la memoria: las mujeres migrantes construyen historias.
Ella aplicó un cuestionario para obtener un análisis cualitativo sobre cómo las mujeres mantienen un vínculo emocional con los países en los que nacieron, pero que por distintas razones debieron abandonar.
Uno de sus hallazgos reveló un aspecto de discriminación que pasa inadvertido: las historias de las mujeres son relegados a espacios privados por el rol de género que desempeñan. Dicho de otra manera, ellas tiene pocos espacios para expresar sus emociones o contar experiencias de su proceso migratorio y de las realidades que les corresponde afrontar en sus nuevos países de residencia.
“La memoria está atravesada por relaciones de poder y revela desarraigos, identidad, resistencia. La migración desplaza cuerpos, pero reorganiza emociones, afectos y recuerdos”, indicó Monzón.
Esto es algo que en la vida de Marilena Muñoz persiste cada día. “Una aprende a amar más a su patria. Cuando se llega a otro país se va adaptando, aprende cosas, pero al mismo tiempo se empiezan a extrañar de una manera más ferviente los cosas buenas que quedaron atrás. En mi caso extraño mucho la comida costeña de mis abuelos, entonces poder decirlo y expresarlo, es muy importante”.
Ella migró a Costa Rica hace 10 años en compañía de su esposo, quien había recibido una oferta laboral en Costa Rica. Desde entonces, hace lo propio para mantener ese vínculo con su tierra natal, sus costumbres y tradiciones.
Durante su vida en tierras panameñas se dedicaba al trabajo de diseñadora gráfica y eso le dio la oportunidad de ser parte del Conjunto Folclórico de Panamá, por medio del Ministerio de Comercio e Industrias. Asegura que el folclor y la música “pasan por su venas” y por eso en su casa en Costa Rica conserva peinetas y trajes típicos que siempre le arrancan suspiros por el recuerdo que le generan.

La investigación de Ana Silvia Monzón, de FLACSO Guatemala, le permitió identificar las subjetividades detrás de cada memoria. En algunos casos, hubo personas que guardaron álbumes completos de fotografías con los que emprendieron su viaje; otras se aferraron a objetos religiosos como rosarios, crucifijos o postales de santos.
Pero también hay comidas y festividades que se representan en el nuevo país, aunque eran de su nación de origen, tales como banderas, textiles, dialectos que se conservan o música.
Por ello, en la casa de Marilena se cocina sancocho de vez en cuando, y ante la carencia de ñame, lo adapta con tiquisque y espesa la sopa con yuca. Pero también prepara un postre llamado pesado de nance que, de inmediato, le hace un conecte emocional con su madre y con sus abuelos, en Ciudad de Panamá.
Es la misma situación de Fabiola Del Cid, quien se casó con un costarricense y se vino a vivir aquí hace 16 años, procedente de Puerto Barrios de Izabal, a 300 kilómetros de Ciudad de Guatemala. Aunque acostumbraba a visitar a su numerosa familia (donde se contabilizan hasta 102 nietos) al menos una vez año, hace tres años que no ha regresado.
Para ella, preparar chuchitos, platillo tradicional que se asemeja a un tamal con pollo, semillas y una salsa de tomate, envuelto en hoja de maíz, la mantiene vinculada con sus tradiciones lo mismo que los rellenitos, un postre hecho a base de puré de plátano.
En su caso, que tiene a un hijo de 28 años, es fundamental preservar en él esas costumbres. Por eso, aunque dice que “le encanta el gallopinto”, trata de que pueda conocer acerca de la gastronomía guatemalteca, para que las tradiciones prevalezcan.

Sensibilización
Las II Jornadas sobre movilidades forzadas y memoria en Centroamérica abrieron espacio para una agenda cargada de talleres y actividades académicas.
Como parte del rol de la educación y la sensibilización en este tema, se convocó además a cinco centros educativos del cantón central de Heredia por medio de las Redes de Liderazgo Empodérate, para participar en un taller llamado Arte y memorias: del conflicto a la transformación en las relaciones interculturales desde la memoria en contextos locales.
En la actividad interactiva los estudiantes rastrearon sus historias familiares, buscaron microhistorias de movilidad y reflexionaron de manera grupal acerca de las distintas razones por las cuales una persona abandona su país de origen.
“Hay muchísimas personas que no necesariamente quieran irse del país. Es porque a veces, debido a guerras o conflictos se vuelven país inhabitables”, manifestó un estudiante participante en uno de los collages que montaron en el taller.
“Se espera que estos líderes estudiantiles actúen como ‘puentes’ en sus respectivos colegios, promoviendo la inclusión cultural y el bienestar de las poblaciones migrantes y desplazadas que integran la matrícula escolar en Heredia. Las representaciones simbólicas transitarán entre los colegios participantes como un legado vivo que deben motivar y resguardar”, manifestó Ronald Obando, académico del Idela.
