Una experta del Ovsicori-UNA explica por qué los flujos piroclásticos son devastadores y cuáles volcanes de Costa Rica tendrían potencial para generarlos.
La reciente erupción del volcán de Fuego, en Guatemala, volvió a evidenciar uno de los fenómenos más destructivos asociados al vulcanismo: los flujos piroclásticos. La actividad registrada el pasado 3 de agosto obligó a las autoridades guatemaltecas a ordenar evacuaciones preventivas y elevar el nivel de alerta, ante el descenso de estas avalanchas de gases, ceniza y fragmentos de roca a muy altas temperaturas.
Al respecto, la vulcanóloga y geoquímica del Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (Ovsicori) de la Universidad Nacional (UNA), María Martínez, indicó que este tipo de eventos, sin lugar a dudas, despierta el interés de comprender uno de los peligros más letales y destructivos asociados a erupciones volcánicas explosivas.
Los flujos piroclásticos son corrientes turbulentas de gases volcánicos muy calientes, mezclados con ceniza y fragmentos de roca, que descienden rápidamente por las laderas y barrancos naturales del volcán activo, impulsados por la gravedad. Debido a sus altas temperaturas y velocidades, representan el fenómeno volcánico con mayor capacidad destructiva.
La científica del Ovsicori-UNA explicó que los flujos piroclásticos pueden alcanzar temperaturas superiores a los 700 grados Celsius y desplazarse a velocidades mayores de 100 kilómetros por hora. Además del intenso calor, estos flujos contienen gases tóxicos, ceniza y bloques de roca capaces de destruir ecosistemas, infraestructura y asentamientos humanos.
“Una persona no puede escapar de un flujo piroclástico corriendo ni en un vehículo si se encuentra cerca de su trayectoria. Por eso, la única protección efectiva consiste en respetar las zonas de exclusión y atender de forma oportuna las órdenes de evacuación”, advirtió Martínez.
Erupción devastadora en 2018
El volcán de Fuego es uno de los más activos de Centroamérica y registra actividad eruptiva frecuente desde hace décadas. Sin embargo, la erupción del 3 de junio de 2018 marcó un antes y un después en la gestión del riesgo volcánico en la región.
En esa ocasión, el colapso de la columna eruptiva originó flujos piroclásticos que descendieron alcanzando comunidades como San Miguel Los Lotes, con un saldo de cientos de muertos y personas desaparecidas, así como una extensa destrucción de viviendas, infraestructura y áreas agrícolas.
Martínez señaló que estudios posteriores determinaron que los flujos recorrieron varios kilómetros en pocos minutos, lo cual dificultó las labores de evacuación y rescate.
Erupción de agosto 2026
Informes del Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (Insivumeh) y de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (Conred), indican que, desde inicios de agosto se observó un incremento en la energía eruptiva del volcán de Fuego.
Si bien a la fecha no se reportan personas fallecidas por las erupciones del volcán de Fuego entre el 3 y el 7 de agosto, las autoridades guatemaltecas evacuaron de forma preventiva a cerca de 1.700 personas, debido a los flujos piroclásticos, ceniza y lahares.
Precisamente, este viernes el Insivumeh ha reportado la disminución de la actividad en el coloso chapín; no obstante, las autoridades mantienen el monitoreo por la dispersión de ceniza y la acumulación de material en las faldas del volcán.
¿Podría pasar en Costa Rica?
Martínez aseveró que en la actualidad el país no experimenta una actividad comparable con la del volcán de Fuego; a pesar de que varios volcanes costarricenses han generado flujos piroclásticos durante su historia eruptiva o mantienen potencial para producirlos.
Durante la erupción del volcán Arenal, iniciada en 1968, se produjeron numerosos flujos piroclásticos que descendieron por sus laderas y ocasionaron la muerte de decenas de personas, además de severos daños a la infraestructura y al ambiente.
En el volcán Turrialba existen evidencias geológicas de flujos y oleadas piroclásticas generadas en erupciones pasadas, así como registros asociados a la actividad eruptiva de 2016 y 2018. Los mapas de amenaza indican que, durante una erupción de mayor magnitud, estos fenómenos podrían desplazarse varios kilómetros desde el cráter.
Por su parte, el volcán Rincón de la Vieja conserva depósitos geológicos que evidencian antiguos flujos piroclásticos, mientras que el volcán Poás podría generar este tipo de fenómeno en caso de una futura erupción magmática de alta intensidad.
La experiencia de Guatemala y Costa Rica demuestra que convivir con volcanes activos requiere vigilancia permanente y coordinación entre científicos, autoridades y comunidades para reducir el riesgo.
Martínez enfatizó que el monitoreo permanente de los volcanes constituye la principal herramienta para proteger a la población, ya que los flujos piroclásticos no pueden detenerse ni evitarse. “Con la elaboración de mapas de amenaza, definición de zonas de exclusión, y señalización de rutas para evacuaciones oportunas cuando aumente la actividad volcánica, podríamos reducir su impacto ", concluyó.
Elaborado por: Johnny Núñez Z. / Periodista-OC-UNA.
