Diana Agüero, estudiante Escuela de Relaciones Internacionales UNA
En los últimos años, el costo de vida en Costa Rica se ha convertido en una de las principales preocupaciones de la población. Aunque las cifras oficiales nos hablen de estabilidad, la realidad en los supermercados muestra lo contrario: un significativo aumento en el precio de los alimentos, así como en los combustibles, alquileres y servicios básicos. Estos incrementos más el congelamiento de los salarios provocan mayores dificultades económicas para las familias.
Costa Rica se ha consolidado como uno de los países más caros de América Latina. Si bien la inflación es un fenómeno económico global, en nuestro caso se agrava por una marcada dependencia externa, propia de una economía pequeña y profundamente abierta, que depende de importaciones, exportaciones y de las dinámicas de la economía internacional. Al estar nuestra economía muy conectada con los mercados internacionales, cualquier crisis o aumento de precios en otros países nos afecta como consumidores; dependemos de la importación de insumos agrícolas como fertilizantes y pesticidas, y de granos básicos como el maíz y el trigo, pues la producción del país no abastece el consumo. Y cuando hay conflictos geopolíticos internacionales, como las tensiones en Europa del este, o problemas en las cadenas de suministro globales, los precios mundiales de dichos productos se disparan.
Dado que la demanda por los alimentos es altamente inelástica; es decir, que las personas necesitan comprarlos independientemente de su precio, hay muy poca variación en la demanda. En este contexto, si la producción agrícola no recibe suficiente apoyo y el país depende cada vez más de las importaciones, los consumidores quedan más expuestos a los aumentos de precios que ocurren fuera de nuestras fronteras y, en consecuencia, se eleva el costo de vida.
Otro problema que afronta Costa Rica es que los precios aumentan más rápido que los salarios. Productos básicos como arroz, aceite, leche o huevos han tenido incrementos importantes, lo que provocan una disminución del poder adquisitivo, pues el dinero alcanza para menos. Los sectores más afectados son las clases medias y bajas, ya que destinan mayor parte de sus ingresos a cubrir necesidades básicas, y se ven obligadas a recortar gastos importantes o incluso a endeudarse para cubrir necesidades básicas como alimentación, vivienda y transporte. El problema no es solo que los precios aumenten, sino que el crecimiento económico no se refleja de manera equitativa en la población.
Costa Rica tampoco produce petróleo, por lo que depende de precios establecidos en el mercado internacional. Cada vez que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) recorta la producción de crudo o suben las tensiones en el Medio Oriente, el precio del combustible en las estaciones de servicio aumenta. Esto provoca una cadena de incrementos en el resto de la economía, que afecta los costos de transporte y de distribución, y encarece muchos productos y servicios.
Sin embargo, el problema no se limita al precio internacional del petróleo y la fuerte dependencia de un sistema de transporte, que funciona principalmente con combustibles importados. El verdadero desafío está en diversificar la matriz de movilidad e invertir en opciones más eficientes y sostenibles, pues aunque la apertura comercial ha traído beneficios como la inversión extranjera y las exportaciones, también ha generado una fuerte dependencia de factores externos que el país no puede controlar.
La evidencia de que estamos ante una economía cada vez más desigual se reflejan, por un lado, en la existencia de sectores modernos y altamente integrados a la economía global, como algunas empresas ubicadas en zonas francas, y, por otro lado, en que gran parte de la población depende de empleos tradicionales o informales que son más vulnerables al aumento del costo de la vida. Como resultado, las brechas económicas y sociales continúan ampliándose.
Frente al aumento en el costo de la vida, que no se da solo por la inflación mundial y la alta dependencia de la economía del contexto internacional, Costa Rica necesita estrategias que fortalezcan la producción nacional y que reduzcan la subordinación a las importaciones para proteger mejor a las personas frente a la desigualdad y a las crisis económicas internacionales.
El peso de la vida en Costa Rica no se alivia simplemente esperando que los mercados internacionales se estabilicen o celebrando cifras macroeconómicas que no se reflejan en el bolsillo de las familias. La alta dependencia de alimentos y energía importados nos hace especialmente vulnerables a las crisis internacionales. Es hora de que la política económica costarricense deje de ser meramente reactiva, se requiere una discusión seria sobre la reactivación de la producción interna de bienes esenciales, una reforma estructural a las cargas de los combustibles y políticas salariales que devuelvan el poder adquisitivo real. De lo contrario, seguiremos siendo una economía de escaparate: brillante hacia afuera, pero costosa e insostenible para quienes la sostienen desde adentro. ¿Hasta cuándo podrá el bolsillo del costarricense aguantar el peso de una economía que importa sus precios, pero congela sus oportunidades?