Andrik Chavarría Flores, estudiante de Relaciones Internacionales UNA
En un mundo que enfrenta una triple crisis planetaria —cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación—, los ecosistemas de carbono azul emergen como una herramienta clave de mitigación climática y desarrollo sostenible. Costa Rica, reconocida por su liderazgo en economía verde terrestre, tiene la oportunidad de posicionarse como pionero regional en la diplomacia del carbono azul, vinculando conservación marina, mercados internacionales de carbono y crecimiento económico inclusivo.
El carbono azul se refiere al carbono capturado y almacenado por ecosistemas marino-costeros como manglares, praderas marinas y marismas. Estos ecosistemas pueden secuestrar entre tres y cinco veces más carbono por hectárea que los bosques terrestres y almacenarlo por periodos mucho más largos. Costa Rica cuenta con más de 1.200 km de litoral y una zona económica exclusiva superior a los 550.000 km², lo que representa una ventaja comparativa importante.
En 2023, el país lanzó su Estrategia Nacional de Carbono Azul (ENCA) y en 2024 aprobó su plan de acción. Entre los principales compromisos destacan la protección del 100% de los humedales costeros reportados para 2025 y el aumento de al menos un 10% del área de humedales estuarinos para 2030. Estos objetivos están integrados y actualizados en la Contribución Nacionalmente Determinada (NDC) 2025-2035.
Desde el punto de vista económico, el carbono azul representa una importante oportunidad de diversificación de ingresos para Costa Rica. Permite generar créditos de carbono, atraer inversión extranjera y crear empleo verde en comunidades costeras. De acuerdo con Ojo al Clima, la inclusión del carbono azul en las Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC) del país constituye una oportunidad estratégica para incrementar la ambición climática nacional y atraer mayor financiamiento internacional destinado a la conservación marina. En mayo de 2025, esta visión se materializó mediante un proyecto piloto con la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD), que destinó 700.000 euros para desarrollar mecanismos de financiamiento innovadores en el Golfo de Nicoya.
En términos generales, esta diplomacia fortalece la marca país “Costa Rica Pura Vida”, facilita el acceso a fondos climáticos globales (Green Climate Fund, BID, AFD) y mejora la posición negociadora en foros multilaterales como la UNCTAD (Economía Azul) y las Conferencias de las Partes (COP). Además, genera mayor influencia regional en Centroamérica.
No obstante, existen desafíos: la fragmentación institucional, la necesidad de mayor inversión en monitoreo científico y la aprobación de una ley que regule claramente la comercialización de carbono azul. Estos elementos son clave para atraer inversión privada manteniendo altos estándares de integridad y evitando greenwashing.
La diplomacia del carbono azul no es solo una política ambiental; se trata de una auténtica política económica exterior. Al conectar conservación marina, mercados internacionales y desarrollo local, Costa Rica puede generar crecimiento inclusivo, empleo en zonas costeras, resiliencia climática y nuevas fuentes de divisas. Para aprovechar esta oportunidad se requiere mayor coordinación entre MINAE, COMEX, Cancillería y el Banco Central, junto con inversión en investigación y alianzas público-privadas. En un contexto global donde la sostenibilidad define la competitividad internacional, el carbono azul puede convertirse en el siguiente pilar estratégico del desarrollo costarricense.