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Tres generaciones detrás de los mamíferos de Costa Rica

En la fotografía Víctor Montalvo; Eduardo Carrillo; Christopher Vaughan; Carolina Sáenz; Joel Sáenz ; Grace Wong; Juan Carlos Cruz y Francisco González en la presentación del libro Mamíferos de Costa Rica. 

La nueva guía Mamíferos de Costa Rica reúne el conocimiento acumulado durante décadas de investigación en la Universidad Nacional. Sus seis autores pertenecen a distintas generaciones formadas alrededor del manejo y la conservación de la vida silvestre y ofrecen una obra bilingüe, actualizada y pensada tanto para especialistas como para quienes quieren reconocer y comprender la fauna del país.

 Mamíferos de Costa Rica es una guía que reúne información y permite reconstruir el camino recorrido para obtenerla. Sus páginas contienen datos, fotografías, huellas y descripciones de 62 especies, pero detrás de ellas también hay décadas de trabajo de campo, formación universitaria y conocimiento transmitido entre investigadores.

La obra, publicada por la Editorial de la Universidad Nacional (EUNA), y presentada el pasado 17 de setiembre en la Biblioteca Joaquín García Monge, es resultado del trabajo de Grace Wong, Eduardo Carrillo, Joel Sáenz, Carolina Sáenz, Víctor Montalvo y Juan Carlos Cruz, todos vinculados a la formación desarrollada en la UNA en manejo y conservación de vida silvestre.

Durante la presentación del libro, esa continuidad la resumió Carrillo en una frase “Ustedes pueden ver que hay tres generaciones de biólogos de vida silvestre acá”. Primero estuvo Christopher Vaughan, quien abrió camino; después llegaron Carrillo, Wong y Sáenz, y más adelante una nueva generación que incluye a Carolina Sáenz, Montalvo y Cruz. 

Para Carrillo, esa sucesión tiene un significado que trasciende la formación académica. Se trata de compartir lo aprendido para que otros puedan avanzar: “Lo importante en esto precisamente es que hemos tratado de no ser egoístas, como no lo fue Cris, de darle la oportunidad a otras personas de aprender y de generar conocimiento”, afirmó.

En 1999, Sáenz, Wong y Carrillo publicaron una primera obra sobre los mamíferos de Costa Rica que se convirtió, según explicó Cruz, en una referencia para quienes comenzaban a trabajar en conservación e investigación de este grupo de animales.

Veintisiete años después, el conocimiento disponible ha cambiado considerablemente. “Esta es la continuación o la actualización de esa primera publicación de 1999. Durante ese periodo se han perdido registros de algunas especies, han aparecido otros y la investigación ha aportado nueva información sobre distribución, comportamiento y conservación”, explicó.

Según Cruz, desde hace más de 20 años no existen nuevos registros del llamado oso caballo, mientras que otras especies antes conocidas únicamente en Sudamérica, como el perro vinagre, cuentan ahora con evidencia de presencia en Talamanca producto de investigaciones desarrolladas desde la UNA. 

Actualizar esa información fue una de las razones que impulsaron la nueva publicación. El proyecto tomó cerca de tres años y permitió reunir a investigadores experimentados con colegas que habían sido sus estudiantes. Para Cruz, compartir ahora la autoría con quienes fueron sus profesores tiene un significado particular. “Nosotros nunca nos habíamos imaginado poder estar aquí y verlos a ustedes, que una vez fueron nuestros profesores y ahora estamos compartiendo una autoría”, expresó. Los seis autores, agregó, son egresados del programa de posgrado de la Universidad Nacional relacionado con el manejo de vida silvestre. 

Esa relación entre generaciones también fue destacada por Francisco González, exrector de la UNA, para quien el libro no debe verse únicamente como el resultado final de una investigación. Detrás de la publicación, comentó, existen años de observación, trabajo de campo, análisis, discusión y construcción colectiva de conocimiento. “Este libro es el resultado de un encuentro fecundo entre la experiencia y la madurez investigativa de quienes han dedicado buena parte de su vida a la investigación científica y el entusiasmo, la formación y el talento de sus estudiantes, hoy convertidos en colegas”, manifestó.

Desde esa perspectiva, la obra también documenta la capacidad de la Universidad para sostener líneas de investigación a través del tiempo y convertir la experiencia de una generación en punto de partida para la siguiente.

Mamíferos de Costa Rica no pretende ser un tratado especializado de mastozoología. Sus autores la concibieron deliberadamente como una guía práctica. “La publicación es bilingüe, (español e inglés), y presenta 62 especies de mamíferos terrestres. Para cada una incorpora información relacionada con identificación, distribución en Costa Rica, hábitat, comportamiento, alimentación y reproducción. Además, incluye fotografías y un apartado dedicado a las huellas, de manera que el lector pueda reconocer no solo al animal, sino también las señales que deja a su paso”, dijo Iliana Araya, presidenta del Consejo Editorial de la UNA.

La publicación aparece, además, en un año significativo para la Editorial, pues en 2026 se cumplen 50 años de la creación del Consejo Editorial de la Universidad Nacional, fundado el 14 de octubre de 1976. Durante ese tiempo, se han publicado alrededor de mil obras vinculadas con la producción académica, científica, artística y literaria.  Para Araya, Mamíferos de Costa Rica representa el tipo de publicación universitaria capaz de trasladar conocimiento científico a públicos más amplios.

 

Fotografías, huellas y ciencia ciudadana

Una de las decisiones de esta edición fue sustituir las ilustraciones de las especies por fotografías.  Los autores recurrieron a registros obtenidos durante años de investigación, archivos de colegas y aportes de personas vinculadas con la observación de naturaleza. En total, 36 personas facilitaron fotografías para la obra y se recurrió a una ilustración en un caso en el que resultó particularmente difícil obtener una imagen. Ese proceso permitió incorporar también la ciencia ciudadana. “Estamos llegando a un nivel en la sociedad donde también una persona que es entusiasta, que es naturalista, que está allá afuera, también puede contribuir a una obra como esta”, comentó Cruz. 

Uno de los apartados más llamativo es el de huellas, pues cada especie incluye información para reconocer sus rastros y una aproximación a cómo pueden observarse sobre distintos sustratos en condiciones reales.

El libro está dedicado al mastozoólogo mexicano Marcelo Aranda, especialista que tuvo una fuerte influencia en el estudio y rastreo de mamíferos en América Latina y que mantuvo una estrecha relación académica y personal con varios de los autores.

Cruz recordó una enseñanza de Aranda que resume buena parte de la lógica de la guía: “Interpretar las señales de la naturaleza transforma un simple paisaje en un ecosistema vivo lleno de interacciones”. Las huellas, las cámaras trampa y otras evidencias permiten estudiar animales que difícilmente pueden observarse directamente y reconstruir su presencia, comportamiento e interacción con otras especies. 

Eduardo Carrillo conoció a Aranda cuando este llegó a Costa Rica para cursar la maestría en Manejo de Vida Silvestre. Décadas después todavía recuerda las salidas al campo y la disposición del investigador mexicano para detenerse ante una huella y explicar cada detalle. Ese recuerdo fue una de las razones para dedicarle la publicación. Para Carrillo, Aranda, quien falleció en abril anterior, representaba una forma de entender la ciencia que también reconoce en Christopher Vaughan: el conocimiento cobra sentido cuando se comparte. 

De ahí que las tres generaciones reunidas alrededor del libro no son solo un dato anecdótico, sino que explican, en buena medida, cómo se construyó el conocimiento que hoy contienen sus páginas. 

Vaughan se vinculó con el estudio de la vida silvestre a finales de la década de 1960. En 1985 cofundó el Programa Regional en Manejo de Vida Silvestre, que creó la primera maestría y el primer centro de documentación especializado en vida silvestre de América Latina. Fue además su primer director y permaneció como docente e investigador hasta 2017. 

Al comentar la nueva publicación, recordó una Costa Rica muy distinta, en la que muchas de las especies incluidas ahora en la guía apenas habían sido estudiadas.

Durante sus recorridos por el país a comienzos de los años setenta conversaba con habitantes de comunidades rurales que conocían los animales por la convivencia cotidiana con ellos, mientras la información científica disponible era todavía limitada. Con el desarrollo de los programas de formación de la UNA, estudiantes y posteriormente investigadores comenzaron a generar conocimiento sobre especies hasta entonces poco conocidas.

Ese trabajo produjo tesis, investigaciones y publicaciones sobre perezosos, primates, felinos, coyotes, pizotes, mapaches, nutrias, dantas, saínos, venados y muchas otras especies que hoy forman parte del libro. “Y la UNA fue el núcleo”, recordó Vaughan al referirse al crecimiento de aquella comunidad académica. Para el investigador, las tesis de posgrado y los proyectos realizados durante décadas enriquecieron el conocimiento sobre buena parte de las especies que hoy recoge la publicación. 

Después de revisar la guía desde su experiencia como científico y docente, consideró que la información resulta suficiente y accesible, incluso para quien no sea especialista. Destacó además su condición bilingüe, el glosario y la decisión de concebirla como una guía y no como una revisión exhaustiva de literatura científica. 

Su conclusión regresó al origen de todo aquel trabajo: “Necesitamos profesionales como ustedes estudiándolos y educando al pueblo para cuidar y conservar a ellos y el resto de la naturaleza”. 

El libro también plantea una paradoja: cuanto más se conoce sobre los mamíferos costarricenses, más evidente resulta cuánto falta por conocer. Las poblaciones cambian, los ecosistemas se transforman, los territorios se fragmentan y aparecen nuevas presiones. Por eso, González advirtió en sus comentarios, que una publicación científica de este tipo no debería entenderse como el cierre de un proceso, sino como una base para formular nuevas preguntas.  ¿Dónde se distribuyen actualmente las especies? ¿Cómo están cambiando sus poblaciones? ¿Qué condiciones necesitan para sobrevivir? ¿Qué amenazas enfrentan? Son algunas de las interrogantes que, a su juicio, deben continuar orientando la investigación. “No es posible proteger adecuadamente aquello que desconocemos o sobre lo que tenemos información insuficiente”, sostuvo González, quien destacó que la conservación requiere información actualizada y verificable para interpretar los cambios que experimentan los ecosistemas. 

La evidencia científica, agregó, resulta necesaria para sustentar decisiones relacionadas con protección de territorios, restauración de ecosistemas, manejo de áreas silvestres protegidas, uso del suelo y prioridades de conservación. Aclaró también que la evidencia no sustituye el debate público, pero sí permite fundamentar las decisiones y evaluar sus consecuencias. 

Puede adquirir el libro en su versión impresa en las instalaciones de la EUNA, por ser su 50 aniversario esta y todas las obras de la editorial se venden a mitad de precio. También puede adquirir la edición en línea en https://euna.una.ac.cr