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Violencia en niños deja secuelas neuronales y fisiológicas a largo plazo

En Costa Rica, más de 117 mil niños fueron víctimas de algún tipo de maltrato en lo que llevamos de este año, de acuerdo con el Patronato Nacional de la Infancia (Pani). Dependiendo de la gravedad del abuso y de su prolongación en el tiempo, muchos de ellos sufrirán consecuencias neurológicas durante su adolescencia y más allá.

El tema fue analizado durante la charla Crecer con violencia: impacto neuropsicológico y en la salud mental, a cargo del experto Carlos Barbosa, académico de la Universidad de Extremadura, en España, quien fue invitado por la Escuela de Psicología de la Universidad Nacional (UNA) para compartir detalles de su investigación en esta materia. 

La violencia en niños tiene manifestaciones diversas. En su gran mayoría están asociadas con negligencia (50%), seguido de maltrato físico y psicológico (13%), conflictos familiares (11%), conflictos con la ley y progenitores con consumo (11%) y violencia sexual (5%).

Esta problemática social tiene repercusiones no solo en lo individual, sino en el relacionamiento de estas personas en sociedad; también, presiona los servicios de salud mundiales. El investigador detalló que solo en el caso de violencia en niños, los países invierten un 8% del producto interno bruto global para atender estos casos. 

“Tradicionalmente hemos visto los efectos de la violencia desde la psicología, pero en los últimos años, en el campo de la neurociencia cognitiva, podemos observar cómo estos niños, tanto en la primera infancia como en la adolescencia, van sufriendo alteraciones estructurales y funcionales en su sistema nervioso”, manifestó Barbosa.

Dentro de ese análisis ampliamente analizado de las secuelas psicológicas, hay manifestaciones de somnolencia o fracaso escolar ante situaciones de negligencia, así como problemas de conducta o comportamientos sexualizados, en casos de violencia sexual.

Pero el análisis va mucho más allá y tiene relación con las conexiones neuronales que pueden romperse a partir de eventos traumáticos. Por ejemplo, cuando un individuo se ve sometido a un estado de amenaza, ocurre una hiperactivación en su sistema nervioso simpático, el cual genera una liberación anormal de adrenalina y noradrenalina, causante de cuadros de insomnio y del desarrollo de problemas cardiovasculares.

Estas derivaciones tiene explicaciones que desde la ciencia se han abordado. A nivel cerebral, por ejemplo, existen una serie de conexiones neuronales cuya función es enviar señales que le permiten a la persona autorregularse ante diversas situaciones.

Cuando una persona fue expuesta en su niñez a círculos de violencia continua, dichas redes tienden a romperse, generando a su vez elevados niveles de cortisol (la hormona que regula el estrés). “Por tanto, un estrés obtenido en este tipo de circunstancias está relacionados con desórdenes psiquiátricos, sobre todo con depresión y trastornos de estrés postraumáticos (TEPT)”, explicó Barbosa.

Tal es el nivel de impacto que ejerce la violencia sobre las personas, que incluso tiene secuelas en la formación cerebral. De acuerdo con la investigación, se ha detectado una reducción de materia gris en las partes frontales de la corteza. 

A largo plazo, una persona en su edad adulta puede tener problemas de personalidad, limitaciones para planificar tareas y labores, así como para ejecutar planes o no logra inhibirse al momento de ofrecer respuestas que puedan ser inapropiadas. Dicho de otra manera, afecta el día a día de una víctima y su relación con la sociedad.

La violencia que se produce en la primera infancia, también tiene dimensiones distintas, según el género. “En el caso de las mujeres, genera mucho más problemas de regularización de la menopausia y se asocia también con migrañas, cefaleas y problemas cardiovasculares”, resaltó el académico de la Universidad de Extremadura. 

Carlos Barbosa indicó que los trastornos mentales producto de estas experiencias suelen aparecer durante la adolescencia, a partir de los 12 o 13 años. Sin embargo, alertó que si la persona cuenta con alguna predisposición especial puede desencadenar los síntomas con más rapidez y fuerza. 

Además, estos factores pueden detonar cuadros más agudos si la persona no se alimenta bien o no duerme la cantidad de horas necesarias en su proceso de desarrollo. Entonces, si al evento traumático se le añaden temas como una mala alimentación, “no vas a tener la capacidad suficiente para discernir, a futuro, entre dos procesos: uno bueno y uno malo”, agregó.

Si un niño víctima de violencia en su hogar es atendido e institucionalizado (en algún centro especial), pero también es víctima de negligencia en el abordaje de su caso, los efectos también se harán visibles a mediano plazo.

Un estudio presentado por Barbosa que incluyó a 68 niños (44 de los cuales sufrieron abuso y negligencia física y de otros 24 con atención residencial por razones distintas al abuso) arrojó resultados concluyentes.

Ambos grupos mostraron déficits en funciones ejecutivas relevantes a nivel cognitivo. Sin embargo, lo que experimentaron negligencia física tuvieron mayores problemas de control inhibitorio y de flexibilidad cognitiva.

¿Se puede revertir?

En cuanto a si un niño que fue víctima de violencias lograría revertir el daño neurológico a largo plazo, la respuesta del experto varía según su condición.

“Existen circunstancias de abusos donde la literatura ha demostrado que sí se presentan cambios estructurales permanentes, como alteraciones en la amígdala o el hipocampo, que es muy difícil revertir. Pero existen otras situaciones donde los elevados niveles de cortisol pueden adaptarse a niveles adecuados y llevar así una vida normal, pero con la terapia necesaria”, señaló Barbosa.