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El impacto del cambio climático en Talamanca y la lucha de las mujeres indígenas para afrontarlo

Si no es el exceso de lluvia, son las temporadas de sequía que afectan la producción agrícola en comunidades como Oro Chico, Gavilán Canta, Progreso o Shiroles; todas del territorio indígena Bribri, en Talamanca , Limón. 

En tiempo de lluvia, la confluencia de aguas entre los ríos Telire y Sixaola anegan hectáreas completas que estas comunidades utilizan para la siembra de semillas, su autosuficiencia alimentaria y el comercio. 

Así lo denunció Marisela Fernández, lideresa indígena, quien desde 2004 ha creído en la fuerza de trabajo y la organización de mujeres como ella para levantar la voz por sus comunidades y promover la búsqueda de oportunidades de empleo, frenar la violencia y atender diversos problemas sociales o fenómenos naturales que les aquejan.

El cambio climático es uno de ellos. “Nosotros dependemos de la agricultura de plátano, de banano y de granos básicos. Pero entonces, viene el río, se une a otras quebradas que vienen de las montañas, se mete por todas partes y se lleva la mayor parte de las fincas de los productores”, se lamenta.  

Exceso de lluvia y sol siempre han existido, pero con estacionalidades más marcadas. Sin embargo, desde 2018, aproximadamente, Marisela identifica crecidas más fuertes y tiempos de sequía prolongados en meses donde antes había precipitaciones. Todo eso termina afectando las semillas. 

Su testimonio fue parte de un conversatorio organizado por el programa Nuevas Lecturas de Centroamérica del Instituto de Estudios Sociales en Población (Idespo) de la Universidad Nacional (UNA), bajo el título Cuidadoras invisibles: la labor de las mujeres en el cuidado.

El trueque

Aplicar el ingenio, la solidaridad y la cooperación han sido claves para sortear los embates de una naturaleza que agudiza sus impactos por las presiones climáticas. El principal desafío, en esa línea, es el abastecimiento de semillas para la siembra. 

“Lo que hacemos es que ‘truequeamos’ semillas. Si alguien, por ejemplo, sembró frijol de palo y el río pasó y se lleva todas las plantas, entonces se empieza a averiguar quien tiene de esas semillas, entonces ‘yo necesito de esta, y te doy de esta otra’. Este año estamos muy preocupados porque con tanta lluvia no se sembraron granos básicos”, relató Fernández.

A su lado estaba Elizabeth Morales, una joven que ve a Marisela como una mentora y un ejemplo a seguir. Poco a poco ha ido aprendiendo de ese liderazgo nato; se ha preparado, ha estudiado y tiene una vida activa en organizaciones, pero delata la falta de apoyo institucional ante una problemática como las inundaciones.

“Sí, hemos tocado puertas en instituciones. Pero vemos que el tema de la agricultura y de los productores no es como prioridad. Cuando uno habla parece que no entienden ni cómo trabajamos los productores, en una zona donde no hay empleos y que se ve afectada mucho por una inundación que llega y arrasa todo, sabiendo que no va a poder volver a sembrar”, denunció Elizabeth.

Ambas lideresas estiman que hace falta acompañamiento en los trámites para obtener un crédito, también para el adecuado manejo de herramientas, de equipos y capacitación en el manejo de semillas. “El productor hace lo que pueda con el conocimiento cultural que tiene, pero cuando pasa ese tipo de desastres naturales ahí se queda solito porque no sabe a quién pedir ayuda”, agregó Fernández.

Resistencia 

No obstante, luchar contra las adversidades son la constante en la vida de estas mujeres.

La historia de Marisela se remonta a 2004, cuando llegó la carretera a su comunidad. Pero con los trabajos, también aparecieron el vandalismo, las drogas… y la violencia contra las mujeres.

“Eran tiempos en que las tierras indígenas se vendían a cambio de licor”, contó. Junto con otras mujeres se organizaron para frenar ese despojo. Recibieron como respuesta una violencia premeditada, pero nunca bajó los brazos y dos años después, junto con una veintena de mujeres, fundaron la Asociación de Mujeres Kasatko (defensoras de la tierra, en español).

Fue la primera piedra de un proyecto que crecería. Además de la lucha por las tierras, también crearon redes para trabajar por la seguridad, la economía y evitar el desalojo de familias enteras. Con apoyo de la asociación de desarrollo impulsaron el cultivo de plátano y, en coordinación con el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), instalaron un centro de acopio.

Pero muy pronto, Marisela se dio cuenta que los problemas eran comunes en otras comunidades incluso dentro del mismo territorio. Entonces fundó, en el 2013, la Asociación de Mujeres Kabata Könana (defensora del bosque y la montaña), con 277 socias y la participación de 10 comunidades.

Con el empuje y la valentía de sus miembros, implementaron un modelo de fincas ancestrales para la siembra de plátanos, arroz y frijoles, con ferias de intercambios y trueques. Elizabeth ingresó a los 17 años y con el tiempo tuvo la oportunidad de ir a estudiar a Cartago para aportar a un proyecto de soberanía alimentaria, pero no tenía quien viera por sus dos hijos menores de edad, mientras ella se desplazaba. Su mamá, al final, le ayudó con la tarea.

Es un ejemplo de lo que en el conversatorio se ahondó con el tema de “cuidadoras invisibles”. Para Sofía Solano, coordinadora del programa Nuevas Lecturas de Centroamérica, “a través del ejemplo de Marisela y Elizabeth podemos entrever la lucha por la conservación de la naturaleza, el rescate de los conocimientos y las prácticas tradicionales, las redes de solidaridad que sostienen la vida en los brazos de las mujeres y esa importante labor de concientización que dimensionan también el trabajo de cuidados”, destacó.

La lucha para ellas y para miles de mujeres de zonas rurales, indígenas y campesinas sigue. El “no aflojar” no aparece en su diccionario. Mientras tanto, continuarán siendo las “defensoras de la tierra, del bosque y de la montaña”.