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“Cuando una lengua desaparece, la humanidad pierde una parte irremplazable de su riqueza cultural”

La mirada de Florencio Gamarra parece perderse, mientras toma un aire para responder. Solo imaginar el escenario donde la lengua teribe, de su pueblo natal, pueda extinguirse, le genera una gran preocupación. “Eso es lo más difícil de mirar. Sería una pena muy grande”, reflexionó.

Él pertenece a la comarca Naso Tjër Di, ubicada en la provincia de Bocas del Toro, en Panamá. De inmediato, no oculta su preocupación ante situaciones que le generan alarma. Hijos de no indígenas que han ocupado los territorios salen de la comunidad, estudian una profesión y luego son reclutados por el gobierno para enseñar una lengua que no es la nativa, con el riesgo de que se vaya perdiendo su uso legítimo y ancestral.

“Eso es un riesgo grandísimo para nosotros. ¿A quién va a enseñar esa persona o qué va a enseñar? Este es un tema caliente ahorita en el pueblo Naso”, confiesa.  La ley del pueblo Naso establece que el gobierno tiene que preparar a personas nativas hablantes de la lengua terire de cualquiera de las 16 comunidades que la conforman y enseñarles a los maestros que después llegarán al territorio.

De no ocurrir esto, la lengua originaria podría perderse. “Para un pueblo con toda su riqueza, sus saberes, conocimientos y todo lo que tiene, que Dios le dio para vivir en un campo natural donde pueda cultivarlo, mejorarlo o arreglarlo, sería una pena perder parte de su cultura como la lengua. Es como quitarle al cuerpo humano sus brazos y dejar solo el tronco”, ejemplificó Gamarra.

Mientras daba sus declaraciones, a pocos metros de distancia, estaba por finalizar el III Congreso Internacional del Programa de Lingüística Centroamericana (Prolinca), que tuvo como trasfondo, además, la celebración del 20 aniversario del programa, de la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje de la Universidad Nacional (UNA).

Durante tres días (del 21 al 23 de octubre) personas como Florencio, que representan a pueblos indígenas de la región, y muchas otras más, estuvieron presentes para reconocer la importancia de la lucha social y cultural que procura revitalizar sus lenguas autóctonas y evitar su desplazamiento por otras.

El III Congreso de Prolinca buscó “consolidar la visión de Centroamérica como un microcosmos lingüístico integral que abarca sus vertientes indígena, criolla e hispánica”. Incluyó una serie de ponencias sobre aspectos como la morfosintaxis, la fonología, los contextos de desplazamiento y la participación estudiantil.

En medio de las amenazas, también existen situaciones de exclusión. Así lo reconoció Yanira Soundy, escritora salvadoreña y vicedirectora de la Academia Salvadoreña de la Lengua, quien impartió la conferencia inaugural del congreso sobre la lengua de señas. 

En su caso, vivió en carne propia las consecuencias de la exclusión en la cotidianidad. Su hija perdió el sentido auditivo producto de la aplicación de un antibiótico. Ante dicha condición, se vio enfrentada a la limitante lingüística que le permitiera a su hija comunicarse con ella y viceversa.

La lengua de señas fue el recurso para tender ese puente hacia el aprendizaje y la comunicación. Pero eso la llevó a distintas reflexiones. “¿Qué pasa cuando una persona sorda es privada de su derecho de aprender? ¿Qué pasa si los familiares no lo aprenden? Cada país tiene su lengua de señas, hay 300 alrededor del mundo y eso es identidad, patrimonio e inclusión”, manifestó Soundy, quien dedica tiempo y esfuerzo en la lucha por profesionalizar la enseñanza de la lengua de señas en El Salvador.

Patrimonio vivo

Durante el III Congreso Internacional de Prolinca quedó evidenciado el legado patrimonial de las lenguas autóctonas a la cultura.

René Zúñiga, coordinador de Prolinca, recordó como hace 20 años el programa nació bajo el nombre de Programa de Lenguas Indígenas de la Baja Centroamérica, para describir estructuras y caracterizar la distribución lingüística, criolla y sus variedades en español.

“Pero fue la propia dinámica del territorio la que nos enseñó algo muy importante: la ciencia nunca puede hacerse a espaldas de la gente. Evolucionamos de un modelo descriptivo, hacia un concepto de investigación y extensión dialógico y orgánico, convencidos de que la salvaguarda y la documentación de nuestras lenguas solo adquiere valor cuando se construyen de la mano de las comunidades organizadas”, indicó Zúñiga.

Ese vínculo con la comunidad ha significado para Prolinca, sus académicos y estudiantes asistentes, recorrer montañas, ríos, mares y comunidades de Costa Rica y del resto de Centroamérica. Esa mística fue resaltada también por el vicedecano de la Facultad de Filosofía y Letras, Juan Pablo Corella, quien destacó “la madurez teórica y metodológica” alcanzada por Prolinca en estas dos décadas. 

El director de la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje, Jorge Aguilar, reforzó que las lenguas autóctonas son patrimonio vivo de la humanidad. “En ella se resguardan conocimientos ancestrales, formas únicas de interpretar la naturaleza y valores que han sostenido la convivencia de comunidades durante siglos”. 

El rector de la UNA, Jorge Herrera, resaltó cómo Prolinca se ha convertido en referente nacional e internacional de investigación lingüística. Muestra de ello, indicó, es la participación del programa en instancias estratégicas de la universidad como el equipo asesor de la Rectoría para la atención de la población indígena, la Comisión de reconocimiento, certificación y fortalecimiento de las lenguas en desplazamiento y la Comisión nacional de estudios afrocostarricenses.

“Cuando una lengua desaparece, la humanidad pierde una parte irremplazable de su riqueza cultural”, manifestó Herrera. Es el sentir y el temor de Florencio, quien a pesar de todo, no pierde la esperanza. La lucha es diaria y es la que acompaña también a los hablantes del criollo limonense, del miskito, del buglere o del ngäbere, cuya representación estuvo presente durante el congreso. 

“El desafío que enfrentamos exige políticas públicas firmes, programas educativos inclusivos, investigación y extensión académica, y sobre todo, voluntad política. Revitalizar las lenguas autóctonas es también fortalecer nuestra democracia”, agregó Jorge Aguilar.