Please ensure Javascript is enabled for purposes of website accessibility

Reacción ante el retiro de pantallas se asocia con dificultades de autorregulación en escolares

Investigación de la UNA encontró que la respuesta al momento de apagar o retirar el dispositivo presentó asociaciones más consistentes con regulación emocional y flexibilidad cognitiva que con el tiempo de exposición.

La reacción de niñas y niños cuando una persona adulta les indica que deben dejar de utilizar un dispositivo electrónico presentó las asociaciones más consistentes con dificultades de regulación emocional y flexibilidad cognitiva, además de vínculos con impulsividad, planificación y atención, según resultados preliminares de una investigación del Instituto de Estudios Interdisciplinarios de la Niñez y la Adolescencia (Ineina) de la Universidad Nacional (UNA).

El estudio, coordinado por la  académica Josiane Pawlowski, analizó información de 105 niñas y niños de 7 a 12 años, con una edad promedio de 9.47 años, provenientes de escuelas públicas y privadas de la Gran Área Metropolitana. Los datos corresponden a la muestra estudiada y no constituyen una estimación representativa de toda la población infantil del país.

El hallazgo no significa que retirar los dispositivos sea perjudicial ni que las familias deban evitar establecer límites. La investigación pone el foco en lo que ocurre durante esa transición: el momento en que una actividad digital termina puede hacer visibles dificultades para manejar la frustración, interrumpir una actividad gratificante y adaptarse a un límite.

La reacción ante el retiro 

Entre los escolares analizados, 35,2% de las familias indicó que la niña o el niño aceptaba el retiro del dispositivo, pero se enfadaba. Un 11,4% señaló que se enfadaba siempre y 1% que no aceptaba la retirada.

Por otra parte, 27,6% reaccionaba muy bien, sin enfadarse, mientras que 24,8% respondía bien, aunque en ocasiones requería distracción. Estas respuestas describen distintas formas de afrontar el cierre de la actividad digital y, por sí solas, no constituyen un diagnóstico.

La reacción negativa ante el retiro del dispositivo fue el indicador que mostró asociaciones más consistentes con las dificultades informadas por las familias. Las relaciones aparecieron principalmente con regulación emocional y flexibilidad cognitiva, así como con impulsividad, planificación y atención.

La investigación plantea que este comportamiento debe comprenderse dentro del contexto familiar: cómo se establecen las reglas, si los límites son previsibles y consistentes, cómo se anuncia el cierre de la actividad y qué acompañamiento emocional recibe el niño o la niña durante esa transición. El estudio no permite determinar la dirección de estas relaciones.

Los escolares reportaron un promedio de 3,29 horas diarias de uso de pantallas, con una mediana de tres horas y registros entre una y ocho horas. Además, 63,8% comenzó a utilizar dispositivos a los dos años o antes.

Sin embargo, en los modelos ajustados, el tiempo diario de exposición y la edad de inicio no mostraron asociaciones significativas con los dominios conductuales analizados. En contraste, la reacción ante el retiro presentó los vínculos más consistentes con los indicadores de autorregulación señalados por las familias.

Asimismo, el uso de pantallas antes de dormir mostró asociaciones con dificultades de memoria de trabajo e inatención.

Esto no implica que las horas de exposición sean un aspecto irrelevante. Los resultados plantean la necesidad de observar el uso digital junto con otros elementos de la vida cotidiana, como el sueño, los contenidos, el acompañamiento del adulto, el juego, la actividad física y la convivencia.

Para las familias, la investigación propone acordar horarios y límites previsibles, anticipar el momento de finalizar el uso del dispositivo y acompañar las emociones que surgen durante esa transición. Asimismo, recomienda proteger las rutinas de sueño y reservar espacios para el juego, la actividad física y la convivencia.

En los centros educativos, estos resultados pueden contribuir a conversar con las familias sobre hábitos digitales e identificar necesidades de apoyo relacionadas con atención y autorregulación. La evaluación psicológica permite integrar el comportamiento cotidiano con medidas cognitivas y evitar que un único hábito se interprete como explicación de todas las dificultades de una niña o un niño.

La investigación también permitió identificar características de los hábitos digitales de los escolares. Del total de participantes, 63,8% comenzó a utilizar pantallas a más tardar a los dos años: 11,4% antes del primer año, 23,8% al año y 28,6% a los dos años.

Los contenidos más frecuentes fueron videos en línea o YouTube, con 59%; videojuegos, con 52,4%; y contenidos educativos o tareas, con 51,4%. También se reportaron películas, entretenimiento, televisión y TikTok.

En cuanto a dispositivos propios, 41,9% tenía tableta y el mismo porcentaje contaba con teléfono celular. Un 14,3% disponía de computadora y 5,7% de consola de videojuegos, mientras que 21% no tenía un dispositivo propio.

La tarde fue el periodo de mayor uso reportado, con 68,6%, seguida de la noche, con 24,8%. Además, 55,2% de las familias consideró problemático el tiempo de pantalla.

La investigación continúa durante 2026 con una recolección de datos de alcance nacional. La nueva etapa estima superar los 400 registros aportados por padres, madres y personas cuidadoras, con el propósito de profundizar en los patrones identificados y precisar el alcance de los resultados.

 Los resultados son preliminares. Las asociaciones observadas no permiten afirmar que las pantallas produzcan por sí solas deterioro cognitivo ni establecer diagnósticos de adicción. La investigación aporta evidencia local para comprender la experiencia digital infantil desde una perspectiva que considera los hábitos tecnológicos junto con factores familiares, escolares, conductuales y cognitivos.