Please ensure Javascript is enabled for purposes of website accessibility

Climaterio y menopausia: del silencio con culpa a la liberación auténtica

No se trata solo de un cambio hormonal. La llegada del climaterio en las mujeres y la suspensión de la menstruación, de la mano con la menopausia, ha estado llena de silencios cómplices, tabúes que se han aferrado a la cultura popular y una forma de violencia que discrimina. 

Una obra de teatro se convirtió en una explosión liberadora de esa realidad. Tres actrices costarricenses: Fedra Rodríguez, Raquel Hernández y Alejandra Portilla son las voces de ellas mismas y de muchas más. Su grupo, Las del Abaniko, tomaron el tema, lo desenredaron y lo revolvieron, y con altas dosis de picardía, comedia e ironía, convencieron a su público de que estos procesos deben ser vistos como una etapa más de la vida.

El calor es lo de menos es el nombre de la representación teatral que Fedra comenzó a escribir, después de que inicialmente fuera tema de un podcast que las tres artistas iniciaron hace un año. La propuesta escénica llegó al auditorio Clodomiro Picado Twight, de la Universidad Nacional (UNA), como una iniciativa del Instituto de Estudios de la Mujer (IEM), para iniciar las actividades de conmemoración por el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el 25 de noviembre.

Entre risas y reflexiones

Desde el primer momento el público (mayoritariamente femenino) se identificó con la trama. Casi que a modo de crónica, las tres actrices plantearon intercambios constantes sobre situaciones que son cotidianas en las mujeres que atraviesan esa etapa de transición biológica, pero de la cual se habla muy poco.

También hubo historia. Con la participación de títeres, personajes como “clítoris”, “menstruación” e “intestino”, explicaban cómo en el siglo XIX los síntomas asociados con el climaterio eran atribuidos por las familias a un “desasosiego” y por los médicos de la época como a “casos de histeria”.

Lo cierto es que ocurría un cambio corporal y emocional que la ciencia fue estudiando con mayor amplitud, con el pasar de los años. Pero lo que la investigación científica avanzó, los estereotipos sociales se encargaron de enquistar, hasta la fecha. Y esa es una lucha diaria.

La palabra “señora” apareció en varios tramos de la obra para reflejar el concepto intrínseco de quienes rozan los 40 años o más, y se les ve como personas que ya no están en capacidad de aportar… pero nada más falso, como ha quedado en evidencia.

También, para señalar cómo se comete “edadismo”, una forma de discriminación en ámbitos como el laboral, cuando a las mujeres que se encuentran en esa etapa de vida se les dificulta conseguir un empleo. 

La interacción con el público no se hizo esperar. A través de un ejercicio al que llamaron “check señora” invitaron al público a contar cuáles experiencias les han pasado y que socialmente se les identifica con actitudes de personas mayores de 40 años. Desde “robarse” hijitos de plantas para sus macetas hasta hacerse de gatos como mascotas, fueron parte de anécdotas que terminaron de hilvanar ese vínculo entre artistas y público.

En medio de todo, la puesta en escena quiso dejar muy claro que las mujeres cargan con emociones fuertes que son reprimidas: desde situación personales vividas en un matrimonio, hasta sueños no cumplidos, rencores acumulados y vergüenzas que quedan atrapadas como espadas entre pecho y espalda.

Al final, en los rostros de Fedra, Alejandra y Raquel hubo luz: entendieron que la normalización de las situaciones por las que atraviesan forman parte de ese proceso natural y biológico que todas las mujeres deben vivir. “Mi cuerpo no es el mismo de antes, pero es más mío”, afirmaron las artistas en escena.

Cultura de violencia

Fannella Giusti, directora del IEM, manifestó que “la violencia no siempre grita, a veces se esconde en el silencio, la descalificación y la invisibilidad. Eso ocurre en el climaterio y la menopausia en una sociedad patriarcal, capitalista y colonialista, que mide el valor de las mujeres por su juventud, su capacidad reproductiva y su productividad”.

Es lo que Fedra Rodrígiez califica como una “cultura de violencia”, donde en vez de ampararse en el silencio, se debe invitar a las mujeres a hablar más y hacerse escuchar.

“Lo primero que debemos hacer es pensar por qué, por ejemplo, la palabra ‘menopáusica’ se puede volver en algo tan ofensivo. La cultura violenta ha hecho que se convierta en una mujer que no sirve o que estorba. En otras culturas, como la oriental, más bien se trata del mejor momento de una mujer, en la que ya no tiene que ocuparse de tantas cosas y donde ahora ella misma es su prioridad”, reflexionó la actriz y dramaturga.

Para romper el silencio, tal como se mostró al público, es necesario “desmitificar las vergüenzas”. Agregó que “si hay algo que tenemos las mujeres es un cúmulo de vergüenzas, de culpas y de miedos de ser. Pero cuando bajan los estrógenos, a usted le empieza a importar un pito lo que digan los demás. Y eso nos pasó a nosotras”.

El público fue parte de esa liberación. “Todo lo que comentaron nosotras lo vivenciamos. Ellas lo abordan con picardía, pero con un doble propósito, para tener conciencia de que esto es natural, parte de nuestro ser y no debemos avergonzarnos”, afirmó Hellen Jiménez, maestra pensionada, al final de la actividad.

El objetivo se cumplió. La risa como terapia y la reflexión con un pasajero a bordo en sus misiones de vida. “Así que abaniquen la basura mental con elegancia si lo desean; con furia, si hace falta, porque esta no es la historia de una mujer que se perdió en el climaterio, es la historia de muchas mujeres que por fin descubren algo extraordinario y que la siguiente versión del cuento les pertenece a ellas”, indicó una narración grabada al final del espectáculo El calor es lo de menos.