Costa Rica alcanzó un logro histórico: por primera vez, cuatro mujeres encabezan los poderes de la República: el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial y el electoral, representado por el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).
No obstante, desde el gobierno existe una clara intención de nombrar a Laura Fernández, quien encabeza el Poder Ejecutivo, como “Presidente de la República”. Ella misma lo avala, sus ministros así la mencionan y los canales oficiales de comunicación y afines lo consignan de esta manera.
Expertos en materia de género y de la literatura ven en esta decisión un acto deliberado. Yadira Calvo, escritora, Premio Nacional de Cultura Magón y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, tiene una visión crítica al respecto. “Buscando explicaciones, podría ser que ni ella ni ellos consulten mucho los diccionarios o desconozcan la historia. Pero también puede ser que ese uso simbólicamente está aludiendo a una realidad de partido y una posición conservadora, y por lo tanto, un desinterés hacia los derechos de las mujeres”.
De hecho, ya casi se cumple un siglo desde que la Real Academia Española aprobó, el 5 de diciembre de 1930, el los uso de los sustantivos femeninos que indiquen profesiones o cargos. En este caso, es correcto el uso de presidenta de la República.
Este tema fue desarrollado durante la conferencia Presidenta con A: reflexiones sobre el lenguaje, poder y democracia, organizado por el Instituto de Estudios de la Mujer (IEM) y la Política para la Igualdad y Equidad de Género (PIEG) de la Universidad Nacional (UNA).
La posición propia del partido de gobierno queda clara, desde la perspectiva de Calvo, en acciones que se han adoptado en detrimento de los principios de igualdad de género y de la lucha contra la discriminación y el patriarcado.
Mencionó, por ejemplo, el rechazo del gobierno de Costa Rica ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) del uso de los términos “violencia reproductiva”, “masculinidad patriarcal” e “interseccionalidad” por instancia de la diputada oficialista Kattia Mora.
“Ella misma dio las gracias a la presidenta por permitir que Costa Rica se alzara en defensa de nuestros principios. Pero, ¿nuestros de quiénes?... Obviamente los principios del patriarcado sostenidos por su grupo religioso y su partido”, argumentó Calvo.
No se trata de un caso aislado. La escritora de La mujer, víctima y cómplice (1981) destacó el continuismo de acciones que afectan los derechos de las mujeres. Mencionó, por ejemplo, la eliminación del Programa para la Afectividad y la Sexualidad del Ministerio de Educación Pública (MEP) y la presentación de un proyecto de ley en el Congreso para endurecer penas por interrupción voluntaria del embarazo. A este se suma la reciente exclusión de las pastillas de anticoncepción de emergencia en un texto sustitutivo de un proyecto de ley que se discute en la Comisión de la Mujer.

Cuando la palabra es acción
Por ende, el uso de “presidente” en vez de “presidenta” no es algo casual, indicó Yadira Calvo. “El peligro de estas posiciones, como dice Paulo Freire, es que la palabra no es solo pensamiento, es también praxis. Y como tal, puede convertirse en una advertencia para el país y en una amenaza a la democracia”.
Que la promoción de este uso gramatical provenga incluso de la misma presidenta de la República, “tiene un impacto mucho mayor, porque la gente va a tratar de imitarlo y lo va a tomar como ejemplo. Entonces, no se trata de un simbolismo cambiar la “a” por la “e”, es un pensamiento de partido, que ya se ha manifestado en otras latitudes y que viene a reproducirse ahora en Costa Rica”, denunció.
Durante su disertación, Yadira Calvo enfatizó que las palabras suelen tener “trampas, engaños y ser resbaladizas”, y han sido utilizadas, desde la historia, la filosofía, las religiones, la ciencia y la mitología, “para excluir a las mujeres, para que ellas sean parte no del pacto, sino de lo pactado”.
Esto se revela desde la cultura popular, por ejemplo, cuando se le dice a una persona que es un “gallo” y que su uso en masculino se vincule con la valentía, pero que su acepción en femenino, “gallina”, esté relacionado con el miedo y la vulnerabilidad. Y así, existen muchos otros ejemplos que componen el sentido del lenguaje y sus interpretaciones.
Alejandra Gamboa, rectora adjunta de la UNA, enfatizó que la denominación representa también un acto político. “Al nombrarnos describimos la realidad. Es una práctica social mediante la cual construimos significados, legitimamos relaciones de poder y jerarquías que organizan nuestras vidas”.
Por ello, el reconocimiento de los liderazgos femeninos toma relevancia en un contexto de disputa por los derechos de las mujeres. “El problema de fondo no es solo cómo se nombra a una mujer cuando está en el poder, sino qué concepción de poder se defiende, a quiénes representa y cuáles derechos está dispuesto a reconocer, proteger o restringir”, indicó Gamboa.
Pedro Chaverri, coordinador de la Política para la Igualdad y Equidad de Género (PIEG) de la UNA, lamentó que esta degradación idiomática y política ocurra cuando el país apenas registra a la segunda mujer que alcanza la presidencia de la República en su historia.
“Este tipo de decisiones nunca son caprichosas. Cuando una mujer asume el cargo más alto en la función pública y decide nombrarse en masculino, transmite una noción de que el poder tiene una forma masculinizada, y para poder ejercerlo hay que adoptarlo de esta manera. También transmite la idea de que la presencia de una mujer en ese espacio es una excepción y no el resultado de luchas colectivas”, agregó Chaverri.
En términos generales, hay un tema de derechos que está en entredicho. Y la única forma de combatirlo, según Yadira Calvo, es “educando con sentido crítico, cuestionando dogmas”.
Su visión de esta realidad, contiene riesgos que ya se han visto en otros países. “Hoy son cambios de lenguajes, manifestaciones como el ‘lero lero’… pero lo que hoy son burlas, mañana pueden ser perreras”, sentenció.
