La evidencia es clara: invertir en niñez hoy determina el desarrollo del país mañana. Sin embargo, hoy lo estamos haciendo al revés.
La evidencia internacional acumulada durante décadas es consistente: los programas sociales que inciden en niñez y adolescencia (sean transferencias monetarias, de acceso a vivienda adecuada y programas de nutrición, entre otras áreas) son inversiones con efectos reales sobre salud, aprendizaje, productividad y oportunidades futuras.
Una amplia revisión literaria preparada por el Instituto de Estudios Interdisciplinarios de Niñez y Adolescencia (INEINA) de la Universidad Nacional confirma que lo anterior no solo es teóricamente cierto, sino que la evidencia empírica lo confirma. Para ello, los investigadores del Instituto analizaron más de 100 documentos relacionados con programas de nutrición, vivienda y transferencias condicionadas y sus efectos en niñez y adolescencia. En síntesis, sus conclusiones muestran que:
· Vivienda. El concepto de acceso a vivienda va más allá de la tenencia de la misma. Si bien contar con una residencia es clave, lo cierto es que sus características estructurales y de entorno son igualmente relevantes para incidir sobre personas menores de edad. La evidencia apunta a la calidad física (humedad/moho, ventilación, materiales), la estabilidad residencial y el hacinamiento como factores que influyen en enfermedades respiratorias, estrés y condiciones que potencialmente podrían afectar temas como el sueño y la capacidad de estudio. Otros determinantes, como el costo de la vivienda dentro del presupuesto familiar (cuando supera el 35% del presupuesto familiar podría afectar negativamente otras inversiones en niñez) y la localización son igualmente críticas en la formación general de esta población.
· Nutrición. Intervenciones públicas como comedores estudiantiles mejoran matrícula y asistencia en tanto la fortificación y suplementación reducen anemia y déficits de micronutrientes. De nuevo, todo ello tiene efectos positivos en salud, capacidad cognitiva y claramente en resultados antropométricos. Además, las intervenciones en nutrición que se ven articuladas con otros programas de salud, educación y agua/saneamiento se potencian de forma significativa.
· Transferencias monetarias. La transferencia de dinero a familias, especialmente si tienen carácter condicional, tienden a impactar positivamente la vida de niñas, niños y adolescentes a través de múltiples canales: mayor acceso a alimentos, mayor capacidad de compra de bienes para inversión en niñez (como útiles escolares, libros, entre otros), aumento en el uso de servicios preventivos de salud, favorecimiento de la matrícula y permanencia escolar. De nuevo, el diseño es fundamental: entregar dinero a las madres suele dar mejores resultados que hacerlo a los padres.
Costa Rica: señales de alerta y por qué importa actuar ahora
En los últimos años, Costa Rica ha aplicado políticas de control del gasto donde los programas sociales han sido una de las principales fuentes de contracción. El programa Avancemos (administrado por el IMAS), clave para permanencia escolar, registró una caída presupuestaria del 15% entre 2020 y 2025 (unos ₡15,679 millones menos) que, si se traduce en becas para estudiantes, equivaldría a 57 mil beneficiarios menos[1]. Además, los montos no se han actualizado pese a que en este quinquenio la inflación acumulada es de un 9%, lo que significa que las transferencias han perdido valor adquisitivo.
En nutrición, el presupuesto real de comedores escolares en 2025 se mantuvo prácticamente al nivel de 2020. La reducción de la población beneficiaria no se tradujo en mejoras de menú o calidad, sino en ahorros fiscales. Y en vivienda, persiste un déficit significativo: se estima en torno a 145 mil viviendas, pero puede superar 700 mil si se consideran criterios de calidad. Además, la entrega de Bonos Familiares de Vivienda ha disminuido en comparación con el período 2014–2020.
Estos ajustes ocurren en un contexto donde la niñez ya enfrenta vulnerabilidades: cerca del 30% de las personas menores de 15 años vive en pobreza (unos 257 mil niños y niñas) y unos 75 mil en hogares cuyo ingreso no alcanza para adquirir la canasta alimentaria. En salud-nutrición, la subalimentación es baja, pero el sobrepeso y la obesidad son un problema creciente: UNICEF reporta 31.7% de la población de 5 a 19 años con sobrepeso u obesidad. En vivienda, una proporción importante (45%) de niños vive sin vivienda propia y con infraestructura de calidad regular o mala, siendo unos de los segmentos poblacionales con mayor problemática en la materia.
Recortar o debilitar estas políticas (como lo han hecho las dos últimas administraciones) es un error de desarrollo: afecta el capital humano de hoy y limita el crecimiento futuro, porque los rezagos en infancia tienden a persistir a largo plazo y a transmitirse entre generaciones. La evidencia promueve justo lo contrario a lo que vienen haciendo los dos últimos gobiernos (que han debilitado la inversión social). Se deben sostener y mejorar estos programas —con diseño inteligente, focalización apropiada, pagos oportunos, estándares de calidad y medición de resultados—, pues ello es una decisión económica y socialmente responsable.
[1] El monto de Avancemos fluctúa entre ₡18 mil y ₡40 mil por mes, dependiendo del nivel educativo donde esté matriculada la persona. Entre más alto el nivel académico, mayor la beca.